Follada salvaje en la cabina de probador: mi secreto ardiente

Hace unos días, mi ex, Alain, me escribió. Venía a por su ropa del piso compartido, pero acabamos en un Zara enorme de Grenoble. No sé cómo pasó, pero entramos juntos. Yo necesitaba probarme unas faldas cortas, ajustadas, que me marquen el culo. Él me seguía, con esa mirada que conozco, la de cuando se pone cachondo. ‘Coge esa roja, te quedará de puta madre’, me dice bajito, rozándome la mano.

Las perchas tintinean, ese ruido metálico que me pone nerviosa ya. El olor a tela nueva, fresco, me sube por la nariz. Elegimos tres prendas: una falda lápiz, un top escotado y un vestido ceñido. La dependienta nos mira raro cuando pide una cabina doble. ‘Para ayudar con la cremallera’, miento sonriendo. Alain asiente, serio pero con los ojos brillantes.

Elegimos la ropa y entramos: la tensión explota

Entramos. Es amplia, con tres espejos enormes. Cierro el cortina roja, ese roce áspero contra la barra. Click. Silencio de golpe. Afuera, voces de clientes, risas, pasos. Mi corazón late fuerte. Me quito la camiseta rápido, el aire fresco me eriza la piel. Alain me mira fijo, eh… se acerca. ‘Anaïs, joder, estás buenísima’, susurra. Sus manos en mi cintura, calientes. Siento su aliento en el cuello. La tensión sube como un cohete. No hablamos mucho, solo miradas en el espejo. Veo mi coño ya húmedo bajo las bragas, él con el paquete hinchado en los pantalones.

No aguanto. Lo empujo contra el espejo, frío contra su espalda. Le bajo la cremallera, zas, su polla salta dura como piedra, venosa, goteando ya. ‘Shhh, no hagas ruido’, le digo mordiéndome el labio. Afuera, una voz: ‘¿Te queda bien esa?’. Me agacho, la meto en la boca. Sabe a sal, a él. Chupo despacio, lengua alrededor del glande, mientras me miro en el espejo. Mis tetas rebotan libres. Él gime bajito, ‘joder, Anaïs…’. Le cojo las pelotas, pesadas, las masajeo. La polla palpita en mi garganta, entro hasta que me ahogo un poco.

El polvo intenso y callado contra el espejo

Se pone de rodillas él ahora. Me arranca las bragas, el elástico pica. Dedos en mi coño, resbaladizo, chorreando. ‘Estás empapada, puta’, gruñe. Lamida rápida en el clítoris, eléctrico. Gimo tapándome la boca. Afuera pasos cercanos. Me pone de pie, falda subida. Polla en la entrada, empuja. Entra de un golpe, llena, estirándome. ‘¡Ay!’, susurro. Folla fuerte, pero controlado, palmadas suaves contra mi culo. El espejo vibra un poco, frío en mis tetas aplastadas. Veo todo: su cara de placer, mi coño tragándosela, jugos bajando por las piernas.

Cambio. Me gira, piernas abiertas en el banco. Entra de nuevo, profundo, golpea el fondo. ‘Más, cabrón, pero calla’, jadeo. Sus manos en mi cuello, suave. Polla hinchada, roza mi punto G. Me corro primero, coño apretando, piernas temblando. Chorros calientes. Él acelera, ‘me vengo…’, saca y eyacula en mi barriga, leche espesa, caliente. Limpio rápido con la camiseta nueva, risas nerviosas.

Respiro hondo. Nos vestimos a prisa. Perchas de nuevo, tintineo. Abro el cortina, cara de póker. Salimos. La dependienta: ‘¿Algo os gusta?’. ‘Sí, la falda roja’, digo normal, con su semen seco bajo la ropa. Pagamos, salimos al bullicio. Secretos ardiendo en la piel. Caminamos callados, sonrisas cómplices. Ese riesgo… me muero por más.

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