Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó ayer en esa tienda de ropa. Estaba de compras, buscando algo sexy para una noche especial, ¿sabéis? Elegí unos vestidos ajustados, unos vaqueros pitillo que me marcan el culo a la perfección y unas braguitas de encaje que apenas cubren nada. El dependiente, un moreno alto, con esa sonrisa pícara… uf, me miró de arriba abajo mientras yo revolvía los perchas. El tintineo de las cintres chocando, el roce suave de la tela nueva contra mis dedos, todo olía a limpio, a deseo.
Le pedí ayuda: ‘¿Me ayudas con este vestido? Quiero ver cómo me queda’. Él, con voz baja, ‘Claro, guapa, te acompaño a la cabina’. Entramos juntos, el corazón me latía fuerte. Cerró el rideau, ese sonido rasposo del metal en la barra, y de repente, el espacio se hizo pequeño. Sus ojos en el espejo, reflejando mi cuerpo, el frío del espejo contra mi espalda cuando me apoyé. Afuera, voces de clientas charlando, risas lejanas. ‘Pruébatelo’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas en el sujetador. Él tragó saliva, ‘Joder, qué buena estás’. La tensión subía, sus manos rozando mi cintura ‘por accidente’.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
No aguanté más. Lo atraje, nuestros labios chocaron en un beso húmedo, lenguas enredadas. Sus manos bajaron a mi culo, apretando fuerte la carne bajo la falda. ‘Shh, no hagamos ruido’, susurré, pero ya gemía bajito. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Él me calló con otro beso, mientras desabrochaba mi sujetador. Mis pezones duros contra su pecho, el roce áspero de su camisa. Me bajó las bragas, el aire fresco en mi coño ya mojado. ‘Estás empapada, puta’, gruñó bajito, metiendo dos dedos dentro, chapoteando suave.
Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gruesa, venosa. Uf, palpitaba en mi mano, el olor a hombre excitado. Me puse de rodillas en el suelo estrecho, el cemento frío bajo mis rodillas. La chupé ansiosa, lengua alrededor del glande, succionando hasta la garganta. Él jadeaba, mano en mi pelo, ‘Joder, qué boca’. Pero shh, voces cerca, pasos. Me levantó, me giró contra el espejo. Mi cara reflejada, ojos vidriosos, tetas aplastadas contra el cristal helado. Me abrió las piernas, escupió en su mano y frotó su polla contra mi raja. ‘Te voy a follar aquí mismo’, susurró.
El sexo intenso y el clímax silencioso
Entró de un golpe, llenándome entera. ‘Ahhh…’, mordí mi labio para no gritar. Embestidas brutas, su pelvis chocando mi culo, plaf plaf suave pero intenso. Mis tetas rebotando en el espejo, su mano tapándome la boca. ‘Cállate, zorra, o nos pillan’. Yo empujaba hacia atrás, coño apretando su verga, jugos chorreando por mis muslos. El rideau temblaba con cada follete, el tintineo de hebillas. Afuera, ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí… perfecto’, respondí ahogada, mientras él aceleraba, polla hinchándose. Me corrí primero, temblores mudos, uñas clavadas en sus muslos. Él gruñó en mi oreja, corriéndose dentro, leche caliente inundándome.
Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. La tela nueva pegajosa contra mi piel húmeda, su semen goteando aún por mis piernas. Salí primero, cara sonrojada, ‘Me llevo este vestido’. Él en caja, guiño disimulado, ‘Gracias por probar, vuelve pronto’. Caminé por la tienda, piernas flojas, secreto ardiendo bajo la ropa. Clientas mirando, sin saber que acababa de ser follada como una puta en la cabina. Uf, el subidón… aún siento su polla dentro.