Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fui con mi chico, Pablo, a esa tienda de ropa sexy del centro. Él sabe que me pone burro el rollo candaulista, que le flipa oírme gemir con otro. Elegimos un vestidito negro ajustado, lencería roja de encaje, medias con liga. ‘Pruébatelo todo’, me dice Pablo con esa mirada picarona, mientras yo noto su paquete hinchándose.
El vendedor, un moreno alto, musculoso, tipo 30 años, se acerca. ‘¿Necesitas ayuda?’, pregunta con voz grave. Pablo asiente: ‘Sí, ve con ella al probador’. Mi corazón late fuerte. Entro con un montón de prendas, el tintineo de las perchas me eriza la piel. Él me sigue, ‘para ayudarte con la cremallera’. Cierro el cortinón rojo, frágil, y ¡zas!, estamos solos en ese cubículo diminuto. El espejo enorme refleja todo: mi culo redondo, sus ojos clavados en mí.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
‘Quítate la blusa’, susurra. Sus manos rozan mi espalda, textura nueva del vestido contra mi piel caliente. Afuera, voces de clientas, pasos… Pablo está ahí, fingiendo mirar móviles. La tensión sube: su aliento en mi cuello, el frío del espejo en mis tetas al apoyarme. ‘Shhh, no hagas ruido’, le digo, pero ya estoy mojada, mi coño palpita. Él me besa el hombro, baja la mano por mi falda. ‘Estás empapada’, murmura, metiendo dedos en mis bragas.
No aguanto. Le bajo el pantalón, su polla salta dura como piedra, venosa, gorda. ‘Joder, qué pedazo’, pienso. Me gira contra el espejo, frío en las palmas. Levanta mi falda, arranca las bragas de un tirón –el elástico chasquea–. ‘Cógeme ya’, jadeo bajito. Empuja su verga en mi coño chorreante, de un golpe hasta el fondo. ¡Ay! Duele y flipa. Empieza a bombear fuerte, salvaje, pero controlado: plac-plac húmedo, mis tetas rebotan en el espejo.
‘¡Quieta, que nos oyen!’, siseo, mordiéndome el labio. Pero él me agarra las caderas, clava los dedos, me folla como un animal. Su polla entra y sale, rozando mi punto G, bolas chocando en mi clítoris. Yo me tapo la boca, gimo ahogado: ‘Mmm… más hondo… joder’. Veo en el espejo su cara de placer, sudor perlando su frente, mi coño tragándosela entera. Pablo fuera debe oír los jadeos, el roce de cuerpos. Eso me enciende más: acelero el culo contra él, ordeñándole la polla.
El polvo brutal y la salida con el secreto
De repente, me dobla un poco, mete un dedo en mi culo –¡sorpresa!– y revuelve. ‘¡No… sí…!’. Exploto: orgasmo brutal, coño contrayéndose, chorros calientes bajando por mis muslos. Él gruñe bajito, ‘Me corro…’. Siento su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, desbordando. Sale despacio, semen goteando por mis piernas. Me limpia rápido con mi braga rota, la mete en mi bolso.
‘Vístete’, dice riendo nervioso. Salgo yo primero, piernas flojas, coño palpitando aún, semen resbalando secreto bajo la falda. Pablo me mira, erección obvia: ‘¿Bien?’. Sonrío maliciosa. El vendedor pasa por caja, finge normal: ‘¿Algo más?’. Pago el vestido, charlando banalidades, mientras siento su corrida dentro, el olor a sexo en mi piel. Fuera, Pablo me come la boca en el coche: ‘Cuéntamelo todo’. Y yo, con el coño lleno de otro, me corro otra vez solo de hablar.
¡Qué subidón, el riesgo de ser pillados, los mirrors multiplicando el polvo! Aún huelo su polla en mis dedos.