Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado, en ese centro comercial enorme de Madrid. Mi novio, Pablo, y yo andábamos comprando ropa sexy para una noche loca. Elegí un vestido rojo ajustado, de esos que marcan todo, tela suave, nueva, con ese olor a tienda que me pone. ‘Pruébatelo aquí’, me dijo Pablo guiñándome el ojo, mientras cogía unas braguitas de encaje negro. El vendedor, un moreno alto, musculoso, con sonrisa pícara, nos miró de reojo. ‘¿Necesitáis ayuda?’, preguntó con voz grave. Pablo soltó un ‘quizá después’.
Entramos los dos en la cabina grande, la típica con espejo de tres lados y un ridículo rideau rosa. Lo cerré de un tirón, pero no del todo, eh… un poco abierto para el morbo. El clic del pestillo sonó fuerte, y ya oía voces de clientes fuera, risas, pasos. Pablo me abrazó por detrás, sus manos en mi cintura. ‘Estás tan buena’, murmuró, besándome el cuello. Sentí su polla endureciéndose contra mi culo. Yo me quité la blusa despacio, el roce de la tela en mis pezones ya me erizaba la piel. Me miré en el espejo: tetas firmes, coño depilado asomando por las bragas. Él se bajó los pantalones, polla tiesa saltando libre. ‘Shhh, no hagas ruido’, le dije riendo bajito, pero ya me mojaba.
Elige la ropa y entra en la cabina: la excitación crece
De repente, toquecito en el rideau. ‘¿Todo bien?’, el vendedor, Miguel se llamaba. Pablo, cabrón, lo abrió un poco. ‘Pasa, mira si le queda bien’. Miguel entró, ojos clavados en mí semidesnuda. ‘Joder, qué pedazo de mujer’, soltó. La tensión explotó. Yo, abierta como soy, le tiré: ‘Tócame, a ver qué tal’. Pablo no se mosqueó, al revés, se empalmó más. Miguel me besó, lengua dentro, manos en mis tetas, pellizcando pezones. Pablo por detrás, bajándome las bragas. ‘Mira su coño, chorreando’, dijo Pablo. El espejo reflejaba todo: mi cara de puta, sus pollas duras.
No aguantamos. Me puse de rodillas, entre los dos. Chupé la polla de Pablo primero, gruesa, venosa, saliva goteando. ‘Mmm, qué rica’, gemí bajito. Luego la de Miguel, más larga, glande hinchado. Fuera, una voz: ‘¿Hay alguien?’. Nos callamos un segundo, corazonazos. Pero la pasión… Pablo me levantó, me apoyó contra el espejo frío, que me erizó la piel. ‘Fóllame ya’, susurré. Él metió su polla en mi coño de un empujón, chapoteo húmedo. ‘¡Ay, joder!’, ahogué el grito mordiéndome el labio. Miguel me metió la polla en la boca, follándome la garganta. Ritmo brutal, pero controlado: plac-plac suave, no golpear. Sudor, olor a sexo mezclado con colonia nueva. Pablo salía y entraba, rozando mi clítoris hinchado. ‘Tu coño aprieta como puta’, gruñó.
El polvo intenso sin frenos y la salida con el fuego dentro
Cambié: me subí a horcajadas sobre Miguel en el banquito, su polla clavándose hondo, bolas contra mi culo. Pablo detrás, escupió en mi ano y metió un dedo. ‘¡Quieta, guarra!’, me dijo tapándome la boca. Follenándome el culo con dedos mientras Miguel me machacaba el coño. Gemidos ahogados: ‘Sí… más… shhh’. Clítoris frotando su pubis, tetas rebotando en el espejo. Orgasmo cerca, piernas temblando. ‘Me corro… joder…’, susurré. Exploté, coño contrayéndose, chorros mojando sus muslos. Ellos aguantaron, pero Pablo sacó y me llenó el culo de porra caliente, goteando. Miguel se corrió en mi boca, tragué todo, salado, espeso.
Rápido, limpiamos con kleenex, olor a semen por todos lados. Me puse el vestido, sin bragas, coño palpitando, corrida resbalando piernas. Salimos, rideau abierto casual. Miguel: ‘Queda perfecto, ¿se lo lleva?’. Pablo pagó, yo sonriendo, ruborizada, piernas flojas. Fuera, clientas mirándonos raras, ¿olían el sexo? Caminamos al coche, secreto quemando bajo la ropa. Aún me mojo recordándolo. ¿Repetimos? Claro que sí.