¡Ay, madre mía! Acababa de salir del metro, empapada por la lluvia, cuando lo vi. Ese chico del último piso de mi edificio, el estudiante con esa sonrisa pícara. Nos cruzamos en la escalera un montón de veces, pero hoy… hoy fue diferente. ‘¡Hola, Iolanda! ¿Vas al Zara de la esquina?’, me dijo, con esa voz joven que me eriza la piel. ‘Sí, a ver si encuentro algo sexy’, respondí, guiñándole un ojo. Caminamos juntos, riendo de la lluvia, y entramos al magasin abarrotado. Voces de clientes por todos lados, música pop de fondo.
Elegí un vestido rojo ceñido, unas bragas de encaje y una falda corta. ‘Pruébatelo aquí’, me dijo él, señalando una cabina grande al fondo. El corazón me latía a mil. ‘¿Vienes a ayudarme?’, le susurré, juguetona. Dudó un segundo, miró alrededor… ‘Vale, pero shh’. Entramos los dos. Cerré el rideau con un susurro. El espacio era estrecho, espejos por todas partes reflejando nuestros cuerpos. El tintineo de las perchas al colgar la ropa. La tela nueva, suave, oliendo a limpio, rozándome los pezones ya duros. Él respiraba pesado, cerca, demasiado cerca. ‘Estás buenísima’, murmuró, su mano en mi cintura. Sentí su polla endureciéndose contra mi culo. ‘Espera… ¿y si nos oyen?’, dije, pero ya me estaba besando el cuello. El espejo frío contra mi espalda me erizó. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Tension pura, el coño me chorreaba.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
No aguantamos. Me bajó la falda de un tirón, las bragas al suelo. ‘Mírate en el espejo, qué puta cachonda’, gruñó bajito. Me abrí de piernas, apoyada en la pared. Su polla, gruesa, venosa, saltó libre. La frotó contra mi coño empapado. ‘¡Joder, estás calientísima!’, jadeó. Entró de golpe, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, gemí, tapándome la boca. Follando duro, rítmico, el slap-slap de su pelvis contra mi culo amortiguado por la ropa colgada. Mis tetas rebotando en el espejo, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. ‘Más despacio… nos pillan’, susurré, pero empujaba más fuerte. Cambiamos: yo de espaldas, viéndonos follar en los tres espejos. Su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos goteando por mis muslos. ‘Córrete dentro, lléname’, le rogué, mordiéndome el labio. Afuera, pasos, risas de chicas. Él aceleró, sudado, oliendo a hombre joven. ‘Me vengo… ¡toma!’, gruñó en mi oído. Chorros calientes inundándome el coño, temblando los dos. Gemí bajito, corriéndome apretándole la polla con espasmos. El semen se salía, resbalando piernas abajo. Nos quedamos jadeando, besándonos sucio.
Salí primero, el vestido rojo puesto, sonrisa inocente. Él detrás, como si nada. ‘¿Te lo llevas?’, preguntó la cajera, ajena a todo. ‘Sí, y las bragas también’, dije, sintiendo su lefa caliente bajo la falda, pegajosa en mis muslos. Pagamos, salimos al bullicio del magasin. Nos miramos, cómplices, el secreto quemándonos. Caminamos al metro, su mano rozando mi culo. ‘Otra vez?’, me susurró. ‘Cuando quieras, chaval’. Dios, el frisson de lo público, los espejos multiplicando el morbo… Aún me mojo recordándolo.