Follada en el probador: mi polvo salvaje con mi novio

Era viernes por la tarde, acababa de salir del curro. Mi novio, Dani, me esperaba en el centro comercial. ‘Vamos a comprar algo sexy para el finde’, le dije guiñando un ojo. Entramos en esa tienda de lencería y vestidos provocativos. Elegí un vestido blanco cortito, escotado hasta el ombligo, con encaje en los bordes. Sin sujetador, claro. ‘¿Me ayudas a probármelo?’, le susurré al oído mientras cogía unas perchas que tintineaban. El vendedor nos miró raro, pero hay cabinas grandes para parejas.

Nos metimos los dos. El espacio era estrecho, olía a tela nueva, crujiente al tacto. Cerré el cortinón rojo con un susurro, rozando su cuerpo. ‘Shhh, que hay gente fuera’, dije riendo bajito. Me quité la camiseta despacio, mis tetas saltaron libres, pezones duros por el aire fresco. Él tragó saliva, ojos clavados en el espejo que multiplicaba mi desnudez. ‘Joder, nena, estás para follarte ya’, murmuró con voz ronca. Su mano subió por mi muslo, noté su polla tiesa contra mis nalgas. Voces de clientas al lado, risas lejanas. El corazón me latía fuerte, el morbo de ser pillados me ponía el coño empapado.

Entrando en la cabina: la excitación sube

Empecé a probarme el vestido. La tela suave me rozaba los pezones, erguidos como balas. Me giré frente al espejo, arqueando la espalda. ‘¿Qué tal?’, pregunté mordiéndome el labio. Él no aguantó: me abrazó por detrás, besándome el cuello. Sus manos colaron bajo el vestido, pellizcando mis tetas. ‘Quítatelo todo’, gruñó. Obedecí, quedando en bragas. El espejo frío contra mi espalda me erizó la piel. Oí pasos fuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’. Contuve la risa, excitada perdida.

No paramos. Le bajé la cremallera, saqué su polla gorda y venosa, palpitante. ‘Mira cómo babea por ti’, dijo apretando mis nalgas. Me arrodillé, lamí el glande salado, chupando hasta la garganta. Él jadeaba bajito, mano en mi pelo. ‘Para, o me corro ya’. Me puse de pie, apoyada en el espejo. ‘Fóllame, Dani, pero calladito’. Se colocó detrás, apartó mis bragas. Su polla rozó mi coño chorreante, resbaladizo. Empujó de golpe, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué el gemido contra su mano. Ritmo brutal, piel contra piel, plaf plaf suave para no alertar.

El clímax y la salida con el secreto

El espejo reflejaba todo: su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos goteando por mis muslos. Me mordía el labio hasta sangrar, él tapaba mi boca. ‘Tu coño aprieta como puta’, susurró al oído. Introduje un dedo en mi culo, él lo notó y metió el suyo, lubricado con mi flujo. Doble penetración ligera, me volvía loca. Voces fuera: ‘¿Dónde está el probador libre?’. El riesgo nos enardecía. Cambiamos: yo contra la pared, pierna en alto. Su polla martilleaba mi clítoris, tetas rebotando. ‘Me corro… dentro’, avisó temblando. Eyaculó chorros calientes, inundándome. Yo exploté, coño convulsionando, uñas en su espalda.

Sudados, jadeantes. Rápido, me vestí el vestido comprado, sin bragas. Sentía su leche resbalando por mis piernas, caliente y pegajosa. ‘Shhh, salgamos normales’, dije besándolo. Abrí el cortinón, sonrisas inocentes. El vendedor: ‘¿Todo bien? ¿Se lo lleva?’. ‘Sí, perfecto’, respondí con la voz entrecortada, coño palpitando aún. Pagamos, salimos del magasin. En el coche, riendo: ‘Joder, qué polvo’. El secreto ardía bajo mi falda, listo para más.

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