Follada salvaje en el probador: mi polvo con el dependiente

¡Ay, madre mía! Hace unas semanas, entré en esa tienda de ropa en el centro comercial, con el calor del verano pegándome a la piel. Yo, una tía de 32 años, curvilínea, con ganas de probarme unos vestidos ajustados que me marcaran el culo y las tetas. Elegí un rojo fuego, ceñido, con escote profundo, y otro negro, más corto, que me subía las nalgas. El dependiente, un moreno alto, unos 25 años, ojos picantes, me ayudó a cogerlos del perchero. Sus manos rozaron las mías, eh… un cosquilleo ya ahí.

‘¿Necesitas ayuda con las tallas?’, me dijo con voz grave, sonriendo. Le guiñé el ojo: ‘Sí, guapo, ven conmigo al probador’. Caminamos, el tintineo de las perchas, el roce del plástico nuevo contra mi piel sudada. Oía voces de otras clientas fuera, risas, pasos. Entramos juntos en la cabina grande, con espejo en tres paredes. Corrí el visillo rojo, flojito, que crujió un poco. El corazón me latía fuerte. Él se quedó dentro, ‘por si necesitas zipper’, dijo, pero sus ojos devoraban mi cuerpo mientras me quitaba la camiseta. El espejo reflejaba todo: mis tetas grandes saliendo del sujetador, su paquete endureciéndose en los pantalones.

La entrada en la cabina y la tensión que sube

Me puse el vestido rojo despacio, girándome para que viera mi culo. ‘¿Qué tal?’, susurré, acercándome. Su aliento caliente en mi cuello. ‘Joder, estás para follarte aquí mismo’, murmuró, manos en mi cintura. El visillo temblaba con el aire del ventilador. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos miramos, excitados. Sus dedos bajaron el vestido, libérame las tetas. Las amasó, pezones duros como piedras contra el frío del espejo donde me apoyé. Gemí bajito, mordiéndome el labio. ‘Shhh, no hagas ruido’, dijo él, pero su polla ya presionaba contra mi culo a través de la tela.

El sexo brutal y la salida con el secreto

No aguantamos. Le bajé la cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, goteando ya. ‘Métemela, rápido’, le rogué, voz ronca. Me levantó el vestido, pantys a un lado, dedo en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, gruñó. Entró de un empujón, hasta el fondo. Ay, el placer… sus embestidas fuertes, mi clítoris rozando el borde del banco. Espejos everywhere: veía su cara de vicio, mis tetas botando, su polla entrando y saliendo, lubricada con mis jugos. Sudor goteando, olor a sexo mezclado con colonia nueva. Afuera, pasos cercanos, una clienta carraspeando. ‘¡Casi! ¡Más suave!’, jadeé, pero él aceleró, mano en mi boca. Follada brutal, coño apretando su verga, huevos chocando contra mí. ‘Me corro… joder…’, susurró, llenándome de leche caliente, chorros que sentía resbalar por mis muslos.

Yo exploté después, temblando, uñas en sus brazos. Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, besos salados. ‘Vístete rápido’, dijo, limpiándose con un pañuelo de la tienda. Me puse el vestido negro encima, semen goteando en mis bragas, coño palpitando. Salimos, yo primero, cara colorada, pelo revuelto. ‘¿Todo bien?’, preguntó la cajera. ‘Sí, perfecto’, sonreí, comprando el vestido rojo manchado de sudor. Él cobró, guiño disimulado. Caminé por el pasillo, piernas flojas, secreto ardiendo bajo la ropa. Oía sus voces atrás, el tintineo de perchas… y yo, sonriendo, con su corrida dentro, planeando volver.

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