¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Era un sábado por la tarde, el centro comercial estaba a reventar de gente. Christine y yo habíamos ido de compras, como siempre, riéndonos de tonterías. Ella, mi jefa y ahora mi amante secreta, me guiñaba el ojo cada vez que pasaba un vestido ceñido. ‘Pruébate este, puta, te va a quedar de infarto’, me susurró al oído, su aliento caliente en mi cuello.
Cogí varios: un mini vestido negro brillante, una falda plisada cortita y un top escotado. El ruido de las perchas tintineando, ese clac-clac metálico, me ponía ya nerviosa. Christine insistió en entrar conmigo a la cabina grande, ‘para ayudarte, cielo’. El corazón me latía fuerte cuando corrí el visillo rojo, ese roce áspero contra la barra. Afuera, voces de familias, risas de chavales, el pitido de las cajas… y nosotras dos, solas en ese cubículo de espejos por todos lados.
Entrando en la cabina: La tensión sube
Me quité la blusa despacio, el tejido nuevo rozando mi piel, suave como seda. Christine me miraba fijamente, sus ojos oscuros devorándome. ‘Joder, estás mojada ya, ¿verdad?’, murmuró, acercándose. Su mano rozó mi muslo, subiendo bajo la falda. El espejo enfrente reflejaba todo: mi coño palpitando bajo las bragas, sus tetas apretadas contra la camiseta. El aire olía a ropa fresca y a nuestro sudor incipiente. Apoyé la espalda en el espejo frío, ¡uf, qué escalofrío!, y ella se pegó a mí, sus labios en mi cuello. ‘Shhh, no hagas ruido, amor’, jadeó, mientras sus dedos se colaban dentro.
No aguantamos más. Le bajé los pantalones de un tirón, su coño depilado brillando de jugos. Se giró, apoyando las manos en la pared, culo en pompa hacia mí. El espejo lateral mostraba su ano rosado, invitándome. ‘Lámeme ahí, Sandy, por favor…’, suplicó bajito, voz temblorosa. Me arrodillé, el suelo duro contra mis rodillas, y saqué la lengua. Primero su coño, chupando ese clítoris hinchado, saboreando su salado dulce. Ella mordía su labio, gemía ahogado: ‘¡Sí, joder, más profundo!’. Metí dos dedos en su chorreante coño, chap-chap suave, y lamí su culo, circundando el agujerito apretado.
El sexo crudo y sin frenos en los espejos
Se volvió loca, meneando las caderas. ‘Ahora tú’, gruñó, empujándome contra el espejo. Me quitó las bragas de un manotazo, el elástico chasqueando. Sus dedos entraron en mi coño como pistones, tres de golpe, follándome duro pero calladito. ‘Mira cómo te corres en el espejo, guarra’, siseó. Yo veía todo: su lengua en mi clítoris, chupando voraz, mis tetas rebotando, jugos goteando por mis muslos. Metió un dedo en mi culo, ¡ay, Virgen!, ese ardor placentero. ‘¡Quieta, que nos oyen!’, pero no paraba, follándome el ano con dos dedos mientras lamía mi coño. Orgasmos nos sacudían uno tras otro, yo tapándome la boca, ella gimiendo en mi piel. Sudor perlando nuestros cuerpos, el espejo empañado por nuestros alientos.
¡Pum! Un orgasmo brutal me dejó temblando, chorros calientes salpicando el suelo. Ella vino igual, su culo contrayéndose alrededor de mis dedos, un chorrito escapando de su coño. Nos miramos en el espejo, jadeantes, caras rojas, labios hinchados. Rápido, nos vestimos: yo con el vestido negro pegado a mi piel húmeda, ella ajustándose los pantalones, semen y jugos aún frescos entre las piernas.
Corrimos el visillo, fingiendo risas normales. ‘¿Qué tal te queda?’, preguntó la dependienta desde lejos. Pagamos temblando, el corazón en la garganta, secretito ardiendo bajo la ropa. Afuera, la gente ajena a todo, y nosotras… con el coño palpitando todavía. ¡Joder, qué subidón!