—Chicas, no os lo vais a creer… —dijo Mimi con los ojos brillantes, sentándose en el banco del centro comercial, ajustándose el top—. Hoy en el probador del Zara… con Michel…
—¿Qué? ¡Cuenta ya! —exigió Didina, inclinándose con esa sonrisa viciosa, mordiendo un chicle—. ¿Entrasteis juntos?
Entrando en la cabina: la tensión sube
Sofi puso los ojos en blanco: —Didina, siempre tan directa… Pero venga, Mimi, suelta prenda. ¿Cómo empezó?
Mimi suspiró, recordando: —Estábamos mirando ropa sexy, bikinis diminutos, faldas cortas que marcan el culo. Elegí un vestido ajustado, negro, con escote. ‘Pruébatelo’, me dijo Michel guiñando. La dependienta nos miró raro, pero el probador era grande, con espejo enorme y rideau fino. Entramos los dos, corazón latiendo fuerte. Cerré el rideau… clic… y ya estaba. Su mano en mi cintura, aliento caliente en el cuello.
Nana rio bajito: —¿Y las voces fuera? ¿La gente comprando?
—Uf, sí… —Mimi se mordió el labio—. Oía pasos, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’. El espejo reflejaba todo: mi cuerpo, el suyo pegado. Me besó suave al principio, lengua juguetona. ‘Shhh’, murmuró, manos bajando mi cremallera. El vestido cayó, raspando la piel nueva del tejido. Quedé en bragas y sujetador, pezones duros contra el encaje fresco.
Didina interrumpió: —¡Joder, qué morbo! ¿Y él?
—Michel ya tenía la polla tiesa, marcando el pantalón. La saqué rápido, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Mmm, qué rica’, gemí bajito. Me arrodillé en el suelo frío, azulejos duros en las rodillas. Lamí la punta, salada, luego tragué hasta la garganta. Él se tapó la boca para no gemir, pero oí su ‘joder…’ ahogado.
El clímax brutal y la salida discreta
Sofi: —¡Cuidado con el ruido, tonta!
—Intentábamos… pero la pasión… —Mimi jadeó al contarlo—. Me levantó, contra el espejo helado en la espalda. Bragas a un lado, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, susurró. Metió dos, curvados en el punto G, mientras chupaba mis tetas. Pezones mordidos, tirones suaves. Yo mordía su hombro para callar mis ‘ahh…’. Luego, su polla en la entrada, resbaladiza. Empujó despacio, abriéndome. ‘¡Qué prieta!’, gruñó bajito. Entró toda, llenándome hasta el fondo.
Nana: —¿Misionero contra el espejo?
—Mejor: de pie, una pierna arriba en el banco. Follando duro, pero controlado. Plaf, plaf suave contra mi culo. Veíamos todo en el espejo: su polla entrando y saliendo, mi coño tragándola, jugos bajando por muslos. Sudor goteando, olor a sexo mezclado con perfume nuevo. Aceleró, mano en mi clítoris frotando rápido. ‘Me corro…’, susurró. Yo primero: orgasmo brutal, piernas temblando, mordiendo su camisa. Él eyaculó dentro, leche caliente llenándome, chorros pulsantes. ‘Shhh…’, nos abrazamos jadeando.
Didina: —¡Hostia, qué guarro y qué bueno!
—Salimos… —Mimi sonrió pícara—. Me puse el vestido rápido, semen chorreando aún un poco en las bragas. Pelo revuelto, mejillas rojas. Fui a caja, pagué temblando, dependienta: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, dije fingiendo calma. Michel esperó fuera, guiño. Secretito nuestro, con el coño palpitando bajo la falda.