Follada salvaje en la cabina de probadores: mi secreto ardiente

Ay, chicas, acabo de vivirlo… Estaba en esa tiendecita de Playa Quemada, en Lanzarote, buscando algo sexy para la noche. El sol pegaba fuerte fuera, pero dentro, el aire fresco del AC me ponía la piel de gallina. Vi un vestido rojo ajustado, como el que llevaba ella en mis fantasías… eh, espera, no, era para mí. Lo cogí, junto con unas braguitas de encaje negro y un top escotado. El ruido de las perchas tintineando, ese olor a ropa nueva, crujiente, impecable.

El dependiente, un moreno alto, ojos dorados, sonrisa pícara… Se acercó. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz grave. Le miré el paquete marcado en los pantalones. ‘Sí, en el probador’, respondí mordiéndome el labio. Otras clientas charlaban fuera, voces lejanas, risas. Entramos juntos en la cabina estrecha. Él detrás, cerrando el rideau con un siseo suave. El espejo grande enfrente, reflejando todo: mi culo redondo, sus manos ya en mi cintura. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurró, pero su aliento caliente en mi cuello ya me tenía mojada.

La tensión sube con el rideau cerrado

El corazón me latía fuerte. Me quité la camiseta despacio, sintiendo el frío del espejo en mis tetas al rozarlo. Él me devoraba con los ojos, multiplicado en los reflejos laterales. ‘Estás buenísima’, murmuró, rozando mis pezones duros con los dedos. Yo, arqueándome, eh… gemí bajito. Sus manos bajaron, desabrochando mis vaqueros. La tela nueva rozaba mi piel, áspera aún. Fuera, pasos, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos miramos, excitados por el riesgo. Su polla ya dura presionaba contra mi culo a través del pantalón.

No aguanté. Me giré, le bajé la cremallera de un tirón. Su verga saltó fuera, gruesa, venosa, goteando ya. ‘Fóllame ya’, le supliqué en voz baja. Él me empujó contra el espejo, frío en mi espalda, tetas aplastadas. Me abrió las piernas, rompiendo las braguitas nuevas con un dedo. Mi coño chorreaba, resbaladizo. Entró de golpe, ¡joder!, llenándome hasta el fondo. Brutal, sin filtro. Embestidas rápidas, su polla abriéndome, rozando mi clítoris con cada choque. Yo mordiéndome el puño para no gritar. Sus manos en mi culo, apretando, un dedo metiéndose por detrás. ‘¡Cállate, puta!’, gruñó bajito, pero follándome más fuerte.

El clímax brutal y el escape con el secreto

Los espejos lo mostraban todo: mi cara deformada de placer, su polla entrando y saliendo, brillante de mis jugos. Sudor goteando, mezclándose con el olor a sexo y ropa nueva. Fuera, más voces, una risa cerca. ‘¡Ay, Dios!’, ahogué un gemido cuando me pellizcó los pezones. Él aceleró, huevos golpeando mi clítoris. Me corrí primero, coño contrayéndose, chorros calientes bajando por mis muslos. Él no paró, follándome como un animal. ‘Me vengo dentro’, jadeó. Sentí su leche caliente llenándome, desbordando. Nos quedamos pegados, respirando agitados, su polla aún palpitando.

Rápido, nos arreglamos. Él salió primero, ‘¿Todo bien?’, dijo alto a otra clienta. Yo, con el coño lleno de su corrida chorreando en las braguitas rotas, el vestido rojo arrugado pero puesto. Salí sonriendo, piernas temblando. En caja, pagué temblorosa, sintiendo su semen resbalando. La cajera: ‘¿Algo más?’. ‘No, gracias’, dije con voz ronca. Caminé por el magasin, secreto ardiendo bajo la ropa, miradas ajenas sin saber que acababa de ser follada como una perra en público. El frisson… inolvidable. Aún huelo a sexo.

Leave a Comment