Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el sábado pasado, en esa boutique chic del centro de Montréal, cerca de una casa antigua llena de cacharros raros. Yo, Carmen, española de pura cepa, con mi culo redondo y tetas firmes, entré buscando algo sexy para una noche loca. Elegí un vestido rojo ajustado, tacto sedoso nuevo, crujiente al rozarlo. ‘¿Me ayudas con el cierre?’, le dije al vendedor, un moreno haïtiano guapísimo, musculoso, con ojos que prometían folladas épicas. Se llamaba Jhon, sonrisa pícara. ‘Claro, pasa al probador grande’, murmuró.
Entramos juntos. El ruido de las perchas tintineando, voces de clientas fuera charlando de tallas. Corrí el cortinón grueso, rojo, se cerró con un susurro. El espejo enorme enfrente, frío al tocarlo con la espalda. Me quité la blusa rápido, sujetador negro asomando. Él jadeaba ya, ‘Dios, qué tetas’. Yo, excitada perdida, el corazón latiendo fuerte. Sus manos en mi cintura, olor a colonia fuerte mezclada con mi perfume. ‘Shh, no hagas ruido’, susurré, pero mi coño ya chorreaba. Empecé a bajarme la falda, despacio, vi su paquete hinchándose en los pantalones. ‘¿Quieres ver cómo me queda?’, pregunté con voz ronca, girándome. El vestido se pegaba a mis curvas, pezones duros marcándose.
La elección y la entrada prohibida
La tensión explotó. Él se pegó detrás, polla dura contra mi culo. ‘Joder, no aguanto’, gruñó bajito. Manos arriba, apretando tetas, pellizcando pezones. Yo gemí suave, mordiéndome el labio. Fuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Silencio. Me volví, besos salvajes, lenguas enredadas, saliva. Le bajé el zipper, polla gruesa saltando, venosa, cabeza roja brillante de pre-semen. ‘Métemela ya’, supliqué. Se la restregué en el coño depilado, labios hinchados. Entró de un empujón, ¡ahhh!, estirándome hasta el fondo. Follando duro contra el espejo, mi aliento empañándolo, frío en las tetas aplastadas.
El polvo brutal y el clímax ahogado
¡Pum, pum, pum! Ritmo brutal, polla embistiendo mi coño empapado, jugos chorreando por muslos. ‘Cállate, puta’, susurró, tapándome boca. Yo chupaba sus dedos, mordiendo. Cambiamos: yo de espaldas, piernas abiertas, él clavándome desde atrás, bolas golpeando mi clítoris. ‘Más fuerte, joder’, jadeé bajito. Manos en mis caderas, follada como perra en celo. Vi en el espejo su cara sudada, mis tetas botando salvajes. Fuera, pasos, risas. El riesgo me volvía loca, coño contrayéndose. Él aceleró, ‘Me corro…’. ‘Dentro, lléname’, ordené. Chorros calientes inundándome, orgasmo mío explotando, piernas temblando, ahogado gemido en su cuello.
Sacó la polla, semen goteando de mi coño, limpié rápido con bragas. Vestido puesto, rojo ahora con mi olor a sexo. Salimos, él rojo como tomate, yo fingiendo normalidad. ‘¿Te lo llevas?’, preguntó en caja, voz temblorosa. ‘Sí, y las bragas también’, guiñé. Pagamos, secretito quemando bajo la falda, semen resbalando. Caminamos por el magasin, clientas ajenas, yo sonriendo, coño palpitando aún. ¡Qué subidón, el espejo reflejando mi cara de follada feliz! Nunca olvidaré ese tintineo de perchas ni sus gruñidos mudos.