Ay, chicas, acabo de volver de esa locura y tengo que contároslo todo. Estaba con mi novio en el centro comercial, hace un calor de cojones este agosto. Yo, con un vestidito corto que se me sube con el viento, sin bragas debajo porque me había puesto cachonda leyendo un libro erótico en la playa. Él no paraba de mirarme las piernas, y yo sentía su mirada quemándome el coño.
Entramos en una tienda de ropa, llena de gente. Cogí unos vaqueros ajustados y una blusa escotada, cosas sexys para provocarle. ‘Voy a probármelos’, le dije guiñándole un ojo. Él se quedó fuera, fingiendo mirar camisetas. El ruido de las perchas tintineando, las voces de las clientas charlando a dos metros, el olor a tela nueva… Me metí en la cabina, esa ridícula con un espejo enorme por todos lados y un ridículo cortinilla que no cierra del todo.
La tensión sube en la cabina
Me quité el vestido, quedé en pelotas frente al espejo. Mi piel bronceada, los pezones duros por el aire acondicionado frío del espejo contra mi espalda. Oí su voz: ‘¿Cómo te queda?’. Deslicé la mano por la cortina, y él la cogió, la apretó. ‘Entra un segundo’, susurré. Dudó, miró alrededor. ‘Joder, vale’. Se coló rápido, su cuerpo pegado al mío, el corazón latiéndome en la polla que ya notaba dura contra mi culo.
El rideau se cerró, pero mal, se veía una rendija. Afuera, una madre regañando a su cría, risas de dependientas. Él me besó el cuello, mordisqueando, mientras sus manos bajaban a mis tetas, pellizcando los pezones. ‘Shhh, no hagas ruido’, gemí bajito. Pero ya estaba empapada, el coño palpitando. Me giré, le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó fuera, gorda, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La agarré, la apreté, masturbándola lento mientras nos mirábamos en el espejo. ‘Me muero por follarte aquí’, murmuró con voz ronca.
El polvo salvaje y la salida con el secreto
No aguantamos. Me puse de espaldas, manos en las rodillas, culo en pompa frente al espejo. Él escupió en la mano, me frotó el coño, metiendo dos dedos que chapoteaban en mis jugos. ‘Estás chorreando, puta’, dijo al oído. Empujó la polla de golpe, ¡zas!, hasta el fondo. El estirón, el calor de su verga llenándome, me arrancó un gemido que mordí en el labio. Follando fuerte pero contenido, pla-pla-pla contra mis nalgas blancas en el espejo. Sus manos en mi clítoris, frotando rápido, mientras yo me tapaba la boca. ‘Más, joder, pero calla’, jadeé. Veía todo: mi coño tragándosela, sus huevos golpeándome, gotas de sudor cayendo. Afuera, pasos, alguien preguntando tallas. El morbo nos volvía locos, follábamos como animales, su polla hinchándose dentro.
‘Me corro, nena’, gruñó. Yo ya estaba en las nubes, el orgasmo subiendo como lava. ‘Dentro, lléname’, supliqué ahogada. Él aceleró, tres embestidas brutales, y noté el chorro caliente inundándome el coño, leche espesa goteando por mis muslos. Yo exploté, temblando, mordiendo su mano para no chillar. Quedamos pegados, jadeando, oliendo a sexo puro.
Rápido, nos separamos. Me limpié como pude con la blusa nueva, el coño resbaladizo con su semen. Él se subió los pantalones, yo el vestido, sin bragas. Salimos, yo con los vaqueros en la mano, fingiendo normalidad. La dependienta: ‘¿Algo que le guste?’. ‘Sí, estos’, dije con la voz temblorosa, el corazón a mil. Pagamos, salimos al bullicio, su semen chorreándome las piernas bajo el vestido. Cada paso era un recordatorio ardiente, el secreto quemándonos. Joder, qué subidón. Quiero repetir ya.