Follada salvaje en la cabina de probadores con una desconocida

¡Ay, chicas, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas! Estaba en esa tienda de Zara en el centro de Madrid, un sábado por la tarde, llena de gente. Elegí un vestido negro ajustado, ceñido a mis curvas, tetas grandes que se marcan, y un tanga rojo que apenas tapa mi coño depilado. Oí el tintineo de las perchas, ese ruido metálico que me pone nerviosa, y el roce suave de la tela nueva contra mi piel. Elegí también una falda corta, para probar looks sexys.

De repente, la vi: una morena alta, con culo redondo y labios carnosos, ojos que me comían. Me sonrió mientras yo cogía más ropa. ‘¿Quieres ayuda?’, me dijo bajito, con voz ronca. ‘Claro, entra conmigo’, le contesté, el corazón latiéndome fuerte. Nos metimos en la cabina grande, la más apartada. Corrí el visillo rojo, ese crujido suave, y el mundo se cerró. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’, risas lejanas. Dentro, el espejo triple reflejaba nuestros cuerpos. Me quité la blusa despacio, mis pezones ya duros rozando el aire fresco. Ella se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Eres una puta cachonda’, murmuró, y me besó el hombro.

Elegí la ropa y entró la tensión

La tensión explotó. Sus manos en mis tetas, apretando fuerte, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. ‘Shhh, no hagas ruido’, me susurró, pero su lengua ya lamía mi oreja. Me bajó los pantalones, mi tanga empapada. ‘Mira cómo chorreas, zorra’, dijo, metiendo dos dedos en mi coño resbaladizo. ¡Dios, el sonido chapoteante! Intenté no gritar, mordiéndome el labio. La empujé contra el espejo, frío contra su espalda, y le arranqué la falda. Su coño pelirrojo, hinchado, jugoso. Me arrodillé, olía a sexo puro, y lamí su clítoris hinchado, chupando como loca. ‘¡Joder, sí, así!’, jadeó ella, tapándose la boca. Afuera, pasos, una voz: ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, gracias’, respondí yo con voz temblorosa, lengua enterrada en su raja.

El polvo brutal y la salida ardiente

No aguanté más. Me puse de pie, ella me giró, cara al espejo. Vi mi cara de puta en éxtasis, tetas rebotando. Me metió tres dedos, follando mi coño a saco, pulgar en el culo. ‘Córrete, puta, córrete en mis dedos’, gruñó bajito. Gemí contra el cristal, frío en mis labios, el orgasmo me partió, chorros calientes bajando por mis muslos. Ella no paró, lamió mi cuello mientras se frotaba contra mi culo. ‘Ahora yo’, dijo, y me obligó a sentarme en el banquito duro. Abrió las piernas, coño abierto ante mí. Metí la lengua profunda, sorbiendo sus jugos salados, dedos en su ano apretado. Se corrió temblando, mordiendo su puño para no chillar, ‘¡Hostia, me vengo!’. El espejo mostraba todo: su cara deformada de placer, mi boca brillando de sus fluidos.

Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. Mi coño palpitaba, semen de placer en los muslos. ‘Compra el vestido’, me dijo guiñando. Salimos, visillo crujiendo. La cajera nos miró raro, ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, sonreí, piernas flojas. Pagué, sintiendo el calor entre las piernas, el secreto quemándome. Afuera, nos besamos rápido. ‘Llámame’, dijo. Aún huelo su coño en mis dedos. ¡Qué subidón, el riesgo de ser oídas, vistas en los espejos! Quiero más.

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