Follada brutal en la cabina de probadores con el dependiente cachondo

¡Dios, aún me tiemblan las piernas! Soy Laura, una tía de 28 años superabierta al sexo, y os voy a contar lo que me pasó ayer en ese Zara del centro. Estaba cachonda perdida, buscando algo sexy para una cita. Elegí un vestido negro ajustado, ceñido al culo, con escote profundo, y unas medias de rejilla finas, nuevas, con ese olor a plástico fresco que me excita. También unas bragas tanga diminutas, rojas. El dependiente… uf, un moreno de unos 25, alto, con ojos verdes y sonrisa pícara. Se llama Pablo, lo vi en su placa. Me ayudó a coger tallas, rozándome el brazo ‘por accidente’. ‘¿Quieres que te ayude en el probador?’, me dijo bajito. ‘Claro, ven’, respondí mordiéndome el labio.

Entramos juntos. El probador era pequeño, espejo enorme por todos lados, rideau rojo fino que no cierra del todo. Colgué el vestido, oí el tintineo de las perchas metálicas chocando. ‘Quítate la ropa’, murmuró él, voz ronca. Me desabroché el top despacio, sintiendo sus ojos clavados en mis tetas. El aire fresco del espejo me erizó la piel cuando me apoyé. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’, risas. Él cerró el rideau con un susurro, pero se movió un poco, dejando una rendija. Su mano rozó mi cadera, bajando la cremallera de mi falda. ‘Joder, qué cuerpo’, susurró. Yo ya notaba mi coño húmedo, empapando las bragas. Me giré, vi su paquete hinchado en el pantalón. ‘¿Me ayudas con el vestido?’, le pedí, arqueando la espalda. Sus dedos temblaron al subir la cremallera por mi espalda, rozando mi piel. El tejido nuevo, suave como seda, se pegaba a mis curvas. En el espejo, nos veíamos perfectos: yo con medias puestas, él pegado detrás. Su aliento caliente en mi cuello. ‘Estás para follarte aquí mismo’, dijo. Mi corazón latía fuerte, el rideau tan fino… una tos afuera nos paralizó un segundo.

Elegir la ropa y entrar en la cabina: la tensión sube

No aguanté más. Me volví, le bajé la bragueta de un tirón. Su polla saltó fuera, gorda, venosa, dura como piedra, con la punta ya brillando de precórnio. ‘Mmm, qué pollaón’, gemí bajito, arrodillándome. El suelo frío del probador me heló las rodillas, pero chupé esa verga con ganas, lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él ahogó un gruñido, mano en mi pelo. ‘Cuidado con el ruido, coño’, susurré, pero succionaba más fuerte, saliva chorreando. Me levantó, me empotró contra el espejo. Frio del cristal en mis tetas desnudas, pezones duros. Bajó mis medias y tanga de un tirón, metió dos dedos en mi coño empapado. ‘Estás calada, puta’, jadeó. ‘Fóllame ya’, supliqué, voz ahogada. Me abrió las piernas, polla rozando mi clítoris. Entró de golpe, ¡zas!, llenándome entera. Gemí contra su boca para no gritar. Embestidas brutales, piel contra piel, plaf plaf plaf suave para no alertar. En los espejos, veía mi cara de vicio, tetas botando, su culo flexionándose. Cambiamos: yo de espaldas, manos en el espejo, él clavándomela por detrás, una mano en mi boca. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñó. Yo me corría ya, chorros calientes bajando por muslos, mordiendo su mano. Él aceleró, ‘Me corro…’. ‘Dentro, cabrón’, ordené. Noté su leche caliente llenándome, chorros potentes. Sudor, olor a sexo mezclado con perfume nuevo.

Salimos jadeando. Me subí las medias rápido, coño goteando su corrida, bragas puestas conteniendo el desastre. Él salió primero, ‘Te queda genial’, dijo alto para disimular. Yo después, vestido puesto, pelo revuelto. En caja, nos miramos cómplices mientras pagaba. Afuera, clientas por todos lados, ajenas a mi secreto: semen resbalando por piernas bajo el vestido. Caminé a casa con el coño palpitando, sonrisa pícara. ¿Repetimos? ¡Ya estoy planeando!

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