Entré en esa boutique del centro, oliendo a tela nueva y perfume barato. Estaba buscando un bikini para la piscina, uno blanco, bien sexi, que me marcase las tetas y el culo. Cogí varios: un tanga diminuto, el sujetador push-up… Las perchas tintineaban, ese ruido metálico que me pone nerviosa ya de entrada. La dependienta, una tía rubia enorme, tipo valquiria alemana, con músculos de nadadora y pelo cortito casi blanco, me miró con una sonrisa que me erizó la piel. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con acento duro, guttural. ‘Sí, eh… para probármelos’, balbuceé, sintiendo ya el calor subiendo.
Me metí en la cabina, el cubículo estrecho con tres espejos que multiplicaban mi cuerpo desnudo. Colgué los bikinis, el roce del nylon fresco contra mis pezones duros. Afuera, voces de clientas charlando, risitas, pasos. Corría el visillo, ese sonido rasposo, y pum, intimidad falsa. Me quité la ropa rápido, bragas empapadas ya de imaginarme. Me puse el blanco: el sujetador apretaba mis 90B, mis areolas oscuras asomando un poco. Bajé la mano al tanga, mi pelito rizado descontrolado, salvaje como el de una puta de los 80. Me miré: piernas largas de runner, vientre plano, piel morena heredada de mi madre italiana. No soy una niña, pero tampoco una mujer hecha del todo.
La elección del bikini y la tensión en la cabina
De repente, el visillo se abre un poco. ‘¿Te ayudo?’, susurra ella, Ilse, se llama, con ojos azules clavados en mí. No cierro, la dejo entrar. Cuerpo atlético, maillot de baño bajo la ropa? No, va en vaqueros ajustados que marcan su coño sin pelo, lo intuyo. ‘Enséñame cómo te queda’, dice, y cierra el visillo. El espacio se encoge, su aliento caliente en mi cuello. ‘Estás preciosa… pero ese vello…’. Su mano roza mi monte de Venus. Tiemblo. ‘¿Te gusta depilado?’, pregunto, voz ronca. ‘Sí, ven, te muestro el mío’. Se baja los pantalones, coño liso, labios hinchados, rosados. Lo toco, suave como seda, húmedo ya.
No sé quién besa primero. Sus labios carnosos aplastan los míos, lengua invasora, sabor a menta y deseo. Sus tetas grandes contra las mías, pezones duros frotando. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos callamos, pero ella mete mano entre mis muslos. ‘Shhh, calladita’, murmura, dedos abriendo mi coño empapado. ‘Joder, estás chorreando, puta’. Gimo bajito, mordiéndome el labio. La empujo contra el espejo frío, que cruje un poco. Sus nalgas redondas presionan el cristal helado. Le arranco el sujetador, chupando un pezón enorme, salado. Ella me agarra el pelo: ‘Come mi coño, ahora’. Se sienta en el banquito, piernas abiertas. Me arrodillo, olor fuerte, almizclado, a hembra en celo. Lametazo largo: labios suaves, clítoris hinchado como un botón. ‘Ay, sí… así…’, jadea ella, ahogando gemidos. Mi lengua entra, explora pliegues sin vello, jugos dulces y picantes inundándome la boca. Afuera, pasos cercanos, clientas probando tallas. El riesgo me calienta más.
El orgasmo brutal y la salida con el secreto
Me pone de pie, me gira. Veo nuestros cuerpos en los tres espejos: yo arqueada, culo al aire, ella detrás lamiéndome el ano primero, luego coño. ‘Tu chocho peludo es una delicia’, gruñe, dos dedos dentro, bombeando. Clac-clac del jugo, lo tapo con la mano. ‘¡Quieta, coño, nos oyen!’, susurro. Pero ella acelera, pulgar en mi clítoris. Me corro brutal: piernas temblando, chorro caliente salpicando el suelo, mordiendo su mano para no gritar. ‘Ahora tú’, dice. La tumbo, 69 apretado. Su coño en mi cara, yo la follo con lengua y dedos, ella devorando mi pelambre empapada. Se corre primero: ‘¡Me vengo, joder!’, susurro ahogado, su squirt tibio en mi boca, tragando todo. Yo exploto otra vez, frotando clítoris contra su nariz.
Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. Tela pegajosa al cuerpo mojado. ‘Cómpralo todo’, me dice, guiñando. Salgo, piernas flojas, coño palpitando bajo el tanga nuevo. En caja, ella cobra sonriendo: ‘Gracias, vuelve pronto’. Clientas alrededor, ajenas al olor a sexo que flota. Camino por la tienda, espejos reflejando mi secreto: labios hinchados, mejillas rojas, corrida secándose en muslos. El frisson me dura horas, soñando con más.