Follada salvaje en el probador con el dependiente guapo

¡Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día! Me llamo Lola, tengo 38 años, española de pura cepa, y soy una viciosa del sexo en sitios públicos. Ese subidón de saber que nos pueden oír… uff, me pone a mil. Fui a una tiendecita de ropa en el centro, de esas con probadores chiquititos, separados por cortinas finas. Estaba llena de gente, voces por todos lados, risas de clientas.

Vi al dependiente, un chaval de unos 20, moreno, atlético, con esa sonrisa pícara. Nuestras miradas se cruzaron y ¡zas!, chispa. Elegí un vestido rojo ceñido, unas bragas de encaje y una falda corta. ‘¿Me ayudas con los probadores?’, le dije guiñándole un ojo. ‘Claro, pasa por aquí’, contestó con voz ronca. El corazón me latía fuerte. Entramos juntos en la cabina más apartada. El ruido de las perchas tintineando, el olor a ropa nueva, esa textura suave rozándome la piel…

La elección de la ropa y la tensión inicial

Cerró la cortina. ¡Pum! La tensión explotó. Nos quedamos mirándonos en el espejo triple. Mi reflejo con él detrás, tan cerca. ‘¿Te ayudo con el vestido?’, susurró, su aliento en mi cuello. ‘Sí… pero shhh, que hay gente fuera’, respondí mordiéndome el labio. Empecé a quitarme la blusa, despacio, dejando que viera mis tetas en el sujetador. Él tragó saliva. Sus manos temblorosas bajaron la cremallera. El espejo frío contra mi espalda me erizó la piel. Oí voces al lado: ‘¿Te queda bien ese?’. ¡Joder, qué morbo!

No aguantamos. Me giré, le besé con hambre. Sus labios calientes, lengua invadiendo mi boca. ‘Estás buenísima’, murmuró. Le bajé los pantalones de un tirón. ¡Madre mía, qué polla! Dura como piedra, gorda, venosa. La agarré, la apreté. ‘Shhh, no gimas alto’, le dije, pero yo ya chorreaba. Me puse de rodillas en el suelo sucio, la cortina ondeando un poco. Lamí su glande, salado, hinchado. Lo chupé profundo, garganta hasta el fondo, saliva goteando. Él se tapaba la boca, ojos en blanco en el espejo. ‘Joder, Lola… me vas a hacer correr’. Afuera, pasos, una risa. Aceleré, mamada salvaje, bolas en la mano, apretando.

El clímax prohibido y la salida ardiente

Me levantó, me pegó al espejo. Frío en las tetas, pezones duros. ‘Fóllame ya’, supliqué bajito. Bajó mis bragas, mojadas hasta el culo. Metió dos dedos en mi coño empapado, chap-chap suave. ‘Estás que ardes’, gruñó. Me abrió las piernas, polla rozando mi clítoris. Entró de golpe, ¡ahhh! Llenándome entera. Follando duro, pero controlado, culazos silenciosos. Yo mordiéndome el puño para no gritar. En el espejo, veía su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos por los muslos. Cambiamos: yo contra la pared, él detrás, pellizcando tetas. ‘Más fuerte… pero calla’, jadeé. Sudor goteando, perchas balanceándose. Oí: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘¡No, todo bien!’, chillé fingiendo.

El orgasmo vino brutal. Mi coño apretándolo, espasmos. Él se corrió dentro, leche caliente llenándome, gimiendo en mi oído. ‘¡Qué coño tan rico!’. Nos quedamos jadeando, besos rápidos. Limpiamos con kleenex, ropa arrugada. Salí primero, sonriendo: ‘Me llevo el vestido’. Él en caja, miradas cómplices, mi coño goteando su corrida bajo la falda. Pagamos, salí con el paquete, piernas temblando. Ese secreto quemándome… ¡Volveré por más!

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