Estaba en el centro comercial, buscando ropa barata para la tombola de la asociación. Mi curro de voluntaria me deja tiempo libre, y ahí la vi: Henriette, o como se llame, esa tía enorme, con curvas que desbordan. Cincuenta tacos, casada, cuatro chavales, pero con un culo que no cabe por las puertas. Nos conocimos en el comité de fiestas, ella hace números, yo ayudo en todo. Ese día, charlamos de la tombola pasada, errores en las cuentas, y acabamos en la tienda de ropa.
‘Eh, Víctor, ayúdame a probar esto, que sola no me apaño con mi tamaño’, dice ella, riendo, con auréolas bajo los brazos por el calor. Su perfume barato me marea un poco. Cojo unos vestidos veraniegos, entramos juntas en la cabina grande. El rideau se cierra con un ‘shhh’, tintineo de perchas metálicas contra el metal. Afuera, voces de clientes, risas, pasos. El espejo frío me eriza la piel, toco la tela nueva, suave, crujiente. Ella se quita la blusa, tetas enormes asomando por el escote, moles, con lunares. Me quedo mirando esa garganta profunda entre globos blancos. Mi polla se tensa ya, pantalón apretado.
Entrando en la cabina, la tensión sube
Se gira, ‘¿Me cierras la cremallera?’, pide. Me pego detrás, mi paquete roza su culo gigante. Huele a sudor mezclado con perfume, excitante. Manos tiemblan en la tela. ‘Joder, qué apretado’, murmura ella, sin moverse. Mi mano resbala, toca su teta gorda. La aprieto, suave, caliente. Esperaba un tortazo, pero se queda quieta, jadeo suave. ‘Víctor… esto es una locura’, susurra, pero empuja contra mí. Afuera, una voz: ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, gracias’, digo yo, voz ronca. Rideau fino, corrientes de aire, nos oyen si grito.
No aguanto. Le bajo el vestido, tetas libres, pesadas, caen hasta la barriga. Mordisqueo su cuello carnoso, lengua en oreja. Se gira, ojos brillantes, boca abierta. Nos besamos, lenguas babosas, saliva chorreando. ‘Somos idiotas… pero qué rico’, gime ella. Le saco las tetas enteras, las amaso como masa, chupando pezones duros. Sufoco en su pecho, pero follo con manos. Bajo al vientre redondo, meto en el pantalón, collants rotos ya por sus muslos. Toco pelambrera espesa, coño mojado, jodidamente caliente. Dedo dentro, chorreando, ‘Hummm, sí… pero shhh’, dice, mordiéndose labio.
El polvo intenso y el clímax discreto
‘Si mi marido se entera…’, pero abre piernas. La tumbo contra espejo frío, ella protesta: ‘Peso mucho, rómpelo’. ‘Al suelo’, digo, tiro una alfombra de prueba. Se arrodilla a cuatro patas, culo dantesco alzado. Rasgo collants, ‘¡Crac!’, culotte a un lado, coño hinchado, olor a marisca fuerte. Lengua dentro, labios largos, clítoris saliente. La lamo voraz, ella gime bajo, ‘No… sí… ohhh’, retuerce caderas. Afuera, pasos cerca. Chupa mi polla ahora, la engulle, babea huevos, ‘Humm, qué gorda’, gluglú hasta garganta. Tose, pero sigue, pro como puta.
‘Báñame, cochona’, gruño. Se pone a cuatro, ‘Fóllame ya, no aguanto’. Clavo polla en coño jugoso, chapoteo húmedo, pero tapo su boca. Embisto fuerte, tetas bambolean en espejo, multiplicadas. ‘¡Cállate o nos pillan!’, susurro, pero ella muerde mi mano, orgasmea chorreando, piernas temblando. Yo exploto dentro, leche caliente llenándola, ‘Te preño, puta’. Se corre otra vez, gritito ahogado. Sudor, olor a sexo, espejo empañado.
Recogemos rápido. Se pone vestido, yo pantalón, semen gotea por su muslo. Rideau abierto, salimos sonrientes. ‘¿Todo bien?’, pregunta dependienta. ‘Sí, perfecto’, digo, caja con un vestido. Afuera, ella camina cojeando leve, secreto quemando bajo tela. Mañana, más ‘cuentas’ juntas. Joder, qué ganas de repetir.