Estaba harta de mi marido, siempre ausente, trabajando o con sus jueguitos. Esa tarde de lluvia torrencial, mi nuera Jennifer me llamó para ir de compras. ‘Ven, necesito distraerme’, dijo. Yo, con la libido a tope por un sueño erótico con ella la noche anterior, acepté. Llegamos al centro comercial empapadas, el agua chorreando de nuestros abrigos. Entramos en una tienda chic, llena de gente murmurando bajo la tormenta.
Elegimos ropa sexy: yo una falda cortísima negra, ella un vestido ajustado rojo que marcaba sus curvas. ‘Pruébatelo aquí’, le dije, señalando una cabina grande con espejo de tres cuerpos. El corazón me latía fuerte. Cerré el cortinón rojo, el roce del tejido nuevo contra mi piel me erizó. Olía a algodón fresco, detergente. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’. Jennifer se quitó el jersey mojado, tetas perfectas asomando bajo el sujetador. ‘Estás… increíble’, murmuré, voz ronca. Ella se sonrojó, pero no apartó la mirada. El espejo reflejaba su culo redondo mientras se probaba el vestido. Me acerqué, rozando su espalda. ‘Déjame ayudarte con la cremallera’. Mis dedos temblaron en su piel húmeda, bajando despacio. Tensión eléctrica. Su respiración acelerada, pezones duros contra la tela fina.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
No aguanté más. La giré, presioné mi boca contra la suya. ‘¡Suegra!’, gimió bajito, pero abrió los labios. Lenguas enredadas, saladas por la lluvia. Le bajé el vestido, tetas al aire: pequeñas, firmes, pezones rosados tiesos. Los chupé fuerte, mordisqueando, ella ahogó un jadeo contra mi hombro. ‘Shh, nos oyen’, susurré, excitada por el riesgo. Manos en su coño, ya empapado. Pelo recortado, labios hinchados. Metí dos dedos, resbaladizos, follándola lento. ‘¡Dios, qué apretada!’, pensé. Ella se arqueó contra el espejo frío, niebla de aliento empañándolo. Gemí suave al verla multiplicada: yo lamiéndole el cuello, ella mordiéndose el labio.
El clímax brutal y la salida con el secreto
La puse de rodillas, cortinón temblando con el viento de la tienda. ‘Chúpame’, ordené bajito. Me bajé las bragas, coño palpitante a su cara. Dudó un segundo, ojos grandes, pero sacó la lengua. Lamidas torpes al principio, luego voraces en mi clítoris. ‘Así, joder, más rápido’. Afuera, tintineo de perchas, risas. Me corrí rápido, jugos en su barbilla, mordiéndome la mano para no gritar. La levanté, la besé tragándome mi propio sabor. La giré de cara al espejo: ‘Mírate, puta cachonda’. Dedos en su culo, uno entrando suave, mientras tres en el coño la aporreaban. ‘¡Me corro, no pares!’, susurró ronca, cuerpo convulsionando. Chorros calientes en mi mano, piernas temblando. Olía a sexo crudo, sudor mezclado con perfume nuevo.
Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. Yo con mi falda nueva pegada al coño mojado, ella con el vestido rojo arrugado. ‘Cómpralo todo’, dije al vendedor sonriente, que nos miró raro. Pagamos, saliendo con bolsas, piernas flojas. Afuera, lluvia aún, pero yo ardía por dentro. Secretos calientes bajo la ropa, miradas cómplices. ‘Otra vez?’, me guiñó ella en el coche. Joder, sí.