¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Era ayer, en esa tienda enorme del centro comercial. Yo, con ganas de comprarme algo sexy para una cita. Un vestido rojo ajustado, unas braguitas de encaje negro… y de repente, lo vi. Un tío italiano, alto, moreno, con esa mirada que te desnuda. Me pilló mirándolo fijamente mientras rebuscaba en los percheros. ‘¿Te ayudo?’, me dijo con acento sexy, sonrisa pícara. ‘Sí, ven conmigo a la cabina’, le solté sin pensarlo. Soy así, abierta, adoro el riesgo.
Entramos juntos. El ruido de las cintres tintineando, el roce del vestido nuevo contra mi piel suave, oliendo a limpio. Cerré el rideau… zas. El corazón me latía fuerte. Afuera, voces de clientas charlando, pasos. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Shh, no hagas ruido’, susurró, pero ya me tenía la mano en la cadera. Me quité la blusa rápido, el espejo enfrente reflejando mis tetas duras, pezones erectos. Él se pegó a mí, su polla ya tiesa contra mi culo a través del pantalón. ‘Eres una puta caliente’, me dijo bajito, mordiéndome la oreja. Yo gemí suave… ‘Cállate y fóllame’. La tensión subía, el espejo frío tocando mi espalda, su mano bajando por mi falda, rozando el encaje húmedo.
La elección de ropa y la tensión en la cabina
No aguantamos. Le bajé la cremallera, saqué esa polla gorda, venosa, palpitando. ‘Joder, qué grande’, murmuré. Me arrodillé en el suelo estrecho, el olor a nuevo mezclado con su precum. La chupé despacio al principio, lengua alrededor del glande, succionando fuerte para que no gritara. Él se tapaba la boca, ojos en el espejo viendo cómo me la metía hasta la garganta. ‘Para, o me corro ya’, jadeó. Me puse de pie, me quité las braguitas, las tiré al suelo. Me abrió las piernas contra el espejo, frío en mis nalgas. Entró de un empujón, su polla abriéndome el coño chorreante. ‘¡Ay, mierda!’, solté bajito, mordiéndome el labio. Follando duro, ritmado, pero controlando… plof plof suave contra mi carne. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo arqueándome, viendo en los tres espejos cómo me penetraba, mi coño tragándosela entera, jugos bajando por mis muslos.
El clímax brutal y la salida con el secreto
Aceleró, bestia. ‘Te voy a llenar de leche’, gruñó en mi oído. Yo: ‘Sí, pero calladito, joder, oyen todo’. Gemí ahogado, su polla golpeando mi punto G, el clítoris rozando su pubis. Orgasmos uno tras otro, yo temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él se corrió dentro, chorros calientes inundándome, gimiendo en mi cuello. Sudor, olor a sexo fuerte, pero el rideau tapaba. Nos quedamos jadeando, su semen chorreando por mis piernas.
Salí primero, piernas flojas, vestido puesto pero sin bragas, su leche aún tibia dentro. Él detrás, fingiendo llevar bolsas. En caja, la cajera me miró raro… ¿olía a follada? Pagué temblando, sonriendo. Afuera, me besó: ‘Otra vez?’. Secretos así queman bajo la ropa. Adoro el frisson público, los espejos multiplicando el morbo. ¿Repetimos?