Follada salvaje en el probador: mi secreto ardiente en la tienda

Estábamos de vacaciones en Abidjan, en esa villa de Jean Luc, pero hoy nos escapamos al mercado típico. Calor sofocante, olores a especias, y un vestido rojo en un puesto de ropa que me llamó la atención. ‘Pruébatelo, amor’, me dijo Christophe, con esa mirada pícara. Elegí también una falda corta y una blusa escotada. El vendedor, un tipo alto y moreno, nos guiñó el ojo: ‘La cabina está al fondo, tómense su tiempo’.

Entramos juntos, el rideau se cierra con un rasghhh suave. El espacio es diminuto, espejos por todos lados, mi reflejo multiplicado. Cuelgo los vestidos, el tintineo de las perchas me eriza la piel. Christophe me besa el cuello, sus manos ya en mi cintura. ‘Shhh, hay gente fuera’, susurro, pero mi coño ya palpita. Me quito la camiseta, el aire fresco del espejo contra mis tetas desnudas. Él se pega detrás, su polla dura contra mi culo. ‘Mírate, estás empapada’, murmura, mientras sus dedos bajan mi short. Voces de clientes al otro lado, risas, pasos. El corazón me late fuerte, el morbo de ser oída me moja más.

La elección y la tensión en la cabina

No aguanto. Me giro, le bajo los pantalones de un tirón. Su polla salta, gruesa, venosa, lista. ‘Fóllame ya’, le digo bajito, mordiéndome el labio. Me sube contra la pared, el espejo frío en mi espalda. Sus dedos abren mi coño, chap chap del jugo. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe. Me penetra de golpe, ay… contengo el gemido. Entra hasta el fondo, mis paredes lo aprietan. Ritmo brutal, pero silencioso: embestidas cortas, profundas. Mis tetas rebotan, las veo en el espejo, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. ‘Cállate o nos pillan’, jadea él, pero acelera. El slap slap de su pelvis contra mi culo, amortiguado por la ropa colgada. Afuera, una voz: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí… perfecto’, respondo yo, voz temblorosa, mientras él me taladra. Mi clítoris roza su pubis, voy a explotar. Le chupo la lengua para no gritar, saliva cayendo. Cambio: me pone de rodillas, polla en mi boca. La chupo voraz, lengua en el glande, bolas en la mano. Él me folla la garganta, glug glug suave. Luego, de pie, perra contra el espejo. Me embiste salvaje, una mano en mi boca. ‘Me corro… dentro’, susurra. Siento su leche caliente llenándome, chorros potentes. Yo exploto: coño convulsionando, jugos bajando piernas, ojos en blanco en el reflejo. Mordida en su hombro para no aullar.

Sudados, jadeantes. Nos limpiamos rápido con kleenex del bolso, olor a sexo impregnado. Me visto temblando, semen goteando aún en mis muslos, sin bragas. Él cierra cremallera, cara de satisfacción. ‘Ni un ruido, ¿eh?’, ríe bajito. Abro el rideau, salgo sonriendo al vendedor: ‘Me llevo el vestido rojo’. Pago en caja, piernas flojas, coño palpitante bajo la falda. Gente alrededor, ajena, pero yo siento su mirada en mí. Caminamos al mercado, su mano en mi culo, secreto ardiendo. Cada paso, el semen resbala, recordatorio delicioso. ¿Nos oyeron? El frisson me hace querer más.

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