Follada en el probador: Mi aventura caliente con el dependiente

Me llamo Carmen, tengo 47 años y soy una española casada con Javier, mi marido de 50. Somos pareja liberal y nos flipa el morbo de lo público. Ese sábado en un centro comercial de Barcelona, entramos en una tienda de ropa sexy. Javier me retó: ‘Seduce al dependiente y fóllatelo en el probador’. Sonreí, excitada ya. Elegí una minifalda gris ajustada, un top ligero blanco que deja ver el encaje del sujetador, y un tanga fino. Nada de medias, solo tacones altos y una chaqueta corta.

El dependiente, un tío de unos 35, moreno, musculoso, se acercó. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con sonrisa pícara. Le pedí que me trajera tallas. Javier se alejó fingiendo mirar camisas. Cogí tres prendas y le dije: ‘¿Me ayudas en el probador? Quiero tu opinión’. Sus ojos se iluminaron. Entramos juntos. El ruido de las perchas tintineando, el olor a ropa nueva, crujiente al tacto. Cerré el cortinón rojo, fino, que deja pasar siluetas. Afuera, voces de clientas charlando, pasos. Mi corazón latía fuerte. Me quité la chaqueta, él tragó saliva mirando mis tetas bajo el top. ‘Quítate eso, déjame verte bien’, murmuró. El espejo grande enfrente, frío al tocarlo con la espalda. Nuestros reflejos multiplicados, excitante.

Elegí la ropa sexy y entramos juntos al probador

Empecé a desabotonarme el top lento. Sus manos temblaban al tocar la tela. ‘Joder, qué tetas’, susurró. Le besé, lenguas enredadas, salivando. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos callamos un segundo, riendo bajito. Bajé la cremallera de su pantalón, saqué su polla dura, gorda, venosa. ‘Mmm, qué polla más rica’, gemí suave. Me arrodillé en el suelo sucio, alfombra áspera en las rodillas. Lamí el capullo, chupé despacio, saliva goteando. Él jadeaba contenido, mano en mi pelo. ‘Cuidado, nos oyen’, dije, pero metí más, garganta profunda, glup glup ahogado. Miraba el espejo: mi boca follada, su cara de placer. Me levantó, me giró contra el espejo. Faldita arriba, tanga a un lado. Metió dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta’. Entró de golpe, polla rellenándome. Follaba fuerte pero silencioso, palmadas suaves en el culo. Yo mordía mi labio, gemía bajito: ‘Sí, fóllame el coño, pero calladito’. Cambiamos: me puse de espaldas, piernas abiertas en el banco. Me miró a los ojos mientras me clavaba. ‘Quiero tu culo’, gruñó. Escupió en mi ano, presionó. Dolor-placer, abrí lento. ‘Ahh… despacio’, susurré. Entró entero, culo apretado tragándosela. Vaivenes brutales, yo me tocaba el clítoris. Orgasmo mío primero, temblando, coño escurriendo. Él aceleró: ‘Me corro en tu culo, zorra’. Chorros calientes dentro, rebosando.

Salí primero, pelo revuelto, mejillas rojas. Él esperó dos minutos. Afuera, pagué las prendas que ni probé bien, tanga húmeda pegada, semen goteando por muslos. Javier me miró, guiño cómplice. Caminamos por la tienda, clientas cerca, mi secreto quemándome bajo la falda. El frescor del semen secándose, olor a sexo mezclado con perfume nuevo. En el coche, le conté todo a Javier, masturbándolo mientras conducía. Aún siento el frío del espejo en la espalda.

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