Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue ayer, en esa tienda enorme del centro, llena de gente. Yo, con mi cuerpo curvilíneo que tanto me gusta presumir, buscando un vestido ajustado para una noche loca. Elegí uno rojo fuego, corto, que me marca el culo y deja ver el escote. Otro negro, más elegante, pero igual de provocador. Las perchas tintineaban mientras las sacaba, ese ruido metálico que me pone nerviosa de excitación.
Entonces lo vi. Ese tío del chat, ‘Franck’, el que me ha estado volviendo loca con sus mensajes sucios durante meses. Moreno, alto, con esa mirada de depredador. Nuestras miradas se cruzaron en el pasillo de los vestidos. Sonrió pícaro, se acercó. ‘¿Necesitas ayuda con eso?’, susurró. Mi coño se mojó al instante. ‘Ven, entra conmigo’, le dije bajito, el corazón latiéndome fuerte.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
Entramos en la cabina grande, la más apartada. El rideau se cierra con un siseo suave, pero oigo voces fuera: clientas charlando, pasos, risas. El espejo enorme enfrente, otro al lado, reflejando mi culo redondo desde todos los ángulos. Él detrás de mí, respirando pesado. ‘Quítate la ropa’, murmura, su voz ronca. Me bajo la falda despacio, sintiendo la tela nueva, suave como seda contra mi piel. El sujetador saltando, mis tetas pesadas rebotando libres, pezones duros ya. Él se pega a mi espalda, su polla tiesa presionando mi culo a través del pantalón. ‘Joder, estás más buena en vivo’, dice, manos en mis caderas.
La tensión es brutal. Oigo a una dependienta: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí, perfecto’, respondo yo, voz temblorosa, mientras él me aprieta un pezón. Me gira, me besa el cuello, mordisquea. Sus manos bajan, meten dedos en mi tanga. ‘Estás empapada, puta’, gruñe. Yo gimo bajito, mordiéndome el labio. El espejo muestra todo: mi cara de zorra, sus dedos abriendo mi coño depilado, resbaladizo.
No aguanto más. Le bajo la cremallera, saco esa polla gruesa, venosa, palpitante. La chupo rápido, saliva chorreando, lengua en el glande. ‘Shhh, no hagas ruido’, dice él, pero me folla la boca suave, cogiéndome el pelo. Afuera, más voces. El morbo me mata. Me pone de pie, contra el espejo frío que me eriza la piel. Me abre las piernas, mete la polla de un empujón en mi coño. ‘¡Joder!’, susurro, ahogando el grito. Entra hasta el fondo, mis paredes apretándolo, jugos chorreando por mis muslos.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Me folla duro, pero controlado. Pla pla pla, golpes sordos contra mi culo. Sus manos en mis tetas, pellizcando fuerte. ‘Tu coño es una puta gloria’, jadea. Cambio: me dobla un poco, saliva en mi ano, dedo dentro. ‘¿Quieres por el culo?’, pregunta. ‘Sí, pero calladitos’, respondo, excitada perdida. Empuja lento, su verga abriéndome el ojete. Duele rico, lleno. Miro el espejo: mi cara contorsionada de placer, tetas balanceándose, él embistiendo. Oigo pasos cerca, contengo gemidos, mordiendo su mano. Acelera, polla hinchada, yo me corro primero, coño contrayéndose, chorro salpicando el suelo.
Él gruñe bajito, me llena el culo de leche caliente, chorros potentes. Nos quedamos jadeando, sudados, olor a sexo impregnando la cabina. Se sale despacio, semen goteando por mi pierna. Rápido, nos vestimos. Yo con el vestido rojo puesto, él arreglándose el pelo. ‘Cómpralo’, me dice, guiñando.
Salgo primero, cara sonrojada, coño palpitando aún con su corrida dentro. La dependienta: ‘¿Qué tal el vestido?’. ‘Me lo llevo, queda perfecto’, digo, sonriendo inocente, piernas temblando. Pago, él sale después como si nada, nos miramos en la caja, ese secreto quemándonos. Afuera, en la calle, me susurra: ‘Repetimos pronto’. Joder, qué vicio.