Follada brutal en la cabina de probadores con el vendedor maduro

¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Todo empezó con una bronca tonta con mi novio. ‘¡Vete a la mierda!’, le grité, y salí pitando sin chaqueta. La lluvia me calaba hasta los huesos, el agua helada pegándome la blusa al pecho, mis pezones duros como piedras. Corrí hasta el centro comercial, empapada, buscando refugio. Entré en una tienda de ropa íntima, oliendo a nuevo, con ese aroma a tela fresca que me pone cachonda.

Miré alrededor, temblando. Un vendedor mayor, como de sesenta, me vio: bajito, pero con cuerpo firme, ojos que me escanearon de arriba abajo. ‘¿Buscas algo para entrar en calor?’, dijo con voz grave, sonriendo. Asentí, muerta de frío y rabia. Elegí un vestido rojo ajustado, unas bragas de encaje y un sujetador push-up. ‘¿Te ayudo con los probadores?’, insistió. Dudé, pero el agua goteaba de mi pelo. ‘Sí, gracias…’

La elección de la ropa y la tensión en la cabina

Me llevó a la cabina del fondo, el rideau grueso pero no tanto. Colgué la ropa, el tintineo de las perchas me erizó la piel. Me quité la blusa empapada, el espejo grande reflejando mi cuerpo desnudo, pechos firmes, culo redondo. Sentí sus ojos al otro lado. ‘¿Te queda bien?’, preguntó, asomando la cabeza. El corazón me latía fuerte. ‘Pasa, ayúdame con la cremallera…’, murmuré, excitada por el riesgo. Entró, cerrando el rideau. Su aliento cálido en mi cuello, manos en mi cintura. ‘Estás helada… y preciosa’, susurró. La tensión explotó: me giró, me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca.

No pude parar. Sus manos bajaron mi tanga empapada, dedos rozando mi coño ya mojado. ‘Shhh, no hagas ruido’, jadeé, oyendo voces de clientas fuera, risas lejanas. Me empotró contra el espejo frío, mis tetas aplastadas contra el cristal helado. Desabroché su pantalón, saqué su polla dura, gruesa, venosa. ‘Joder, qué grande…’, gemí bajito. Me arrodillé, el suelo duro raspándome las rodillas, lamí la punta salada, tragué hasta la garganta, ahogando arcadas. Él gruñó, agarrándome el pelo. ‘Para, o me corro ya.’

Saliendo con el coño chorreando y el secreto intacto

Me levantó, me abrió las piernas contra la pared. Entró de un empujón brutal, su polla abriéndome el coño como un puño. ‘¡Ahhh!’, mordí mi labio para no gritar. Follando salvaje, embestidas profundas, mis jugos chorreando por sus huevos. El espejo multiplicaba todo: mi cara de puta en éxtasis, sus caderas chocando mi culo, tetas botando. ‘Más fuerte, pero calla…’, susurré, arañándole la espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgando su verga en el banquito, coño tragándosela entera, clítoris frotando su pubis. Sudor mezclado con lluvia, olor a sexo crudo llenando la cabina. Fuera, una voz: ‘¿Está todo bien ahí?’ ‘Sí… perfecto’, respondí ronca, acelerando, corriéndome en espasmos, apretando su polla.

Él se tensó, ‘Me vengo…’, y me llenó de leche caliente, chorros dentro, saliendo por mi coño. Nos quedamos jadeando, besos rápidos. Se limpió con mi tanga vieja, me la dio. ‘Vístete, preciosa.’ Salí primero, piernas flojas, coño palpitando, semen goteando en las bragas nuevas. Él cobró el vestido como si nada, guiño cómplice. ‘Vuelve cuando quieras.’ Caminé por el magasin, clientas ajenas, mi secreto ardiendo bajo la ropa, pezones duros rozando tela, sonrisa pícara. ¡Qué subidón, el frisson de casi ser pillados!

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