¡Ay, madre mía, aún me tiemblan las piernas! Justo acabo de salir de ese probador de Zara, con el coño palpitando y la braguita empapada pegada a la piel. Todo pasó esta tarde con Javier, ese tío mayor que pillé en una app de ligoteo. Quince años más que yo, pero qué vicio, con esa mirada que promete folladas épicas. Quedamos en el centro comercial, fingiendo ser normales. ‘Vamos a comprarte algo sexy’, me soltó con esa voz ronca mientras me guiñaba un ojo.
Entramos en la tienda, llena de gente. Voces por todos lados, risas de dependientas, música pop de fondo. Cogí un vestido rojo ceñido, unas bragas de encaje y una falda corta. Él, disimulando, me seguía con la polla ya medio dura bajo los pantalones. ‘Pruébate esto en esa cabina de ahí’, murmuró, señalando la del fondo, un poco apartada. El corazón me latía a mil. ‘¿Juntos?’, le pregunté bajito, mordiéndome el labio. ‘Claro, puta mía’, respondió, rozándome el culo con la mano.
Elegir la ropa y entrar: La tensión explota
Metimos las perchas dentro. Clinc, clinc, el ruido metálico de las cintres chocando contra la barra. Cerré el cortinón rojo, ras ras del tejido nuevo rozando mi piel. El espacio era diminuto, espejos por todas partes reflejando mi cuerpo delgado, mis tetas firmes bajo la camiseta. Javier se pegó a mí de golpe. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurró, pero ya me tenía las manos en las nalgas, apretando fuerte. Olía a su colonia mezclada con el aroma fresco de la ropa. Me giró contra el espejo, frío helándome las tetas cuando me bajó el top. ‘Mira cómo te pones cachonda’, dijo, lamiéndome el cuello. Yo… eh… gemí bajito, sintiendo su polla dura clavándose en mi culo a través de la falda.
No aguantamos. Le bajé la cremallera, ¡zas!, y saqué esa verga gorda, venosa, palpitando en mi mano. ‘Joder, qué polla más rica’, balbuceé, arrodillándome en el suelo sucio. La lamí desde la base, saboreando el sudor salado, hasta el capullo hinchado. Él se tapó la boca para no gruñir. Afuera, una voz: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, gracias’, respondí yo con voz temblorosa, con su polla ya media dentro de mi garganta. Chupé voraz, saliva chorreando, glup glup suave para no alertar. Me follaba la boca, cogiéndome el pelo, pero controlado, jadeos ahogados.
El polvo intenso y el clímax silencioso
Me levantó rápido. ‘Quítate las bragas’, ordenó. Las arranqué, empapadas de coño jugoso. Me puse de espaldas, manos en el espejo frío, culo en pompa. ‘Fóllame ya, pero calladitos’, supliqué. Entró de un empujón, ¡plaf!, rompiéndome el coño con esa polla enorme. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó bajito. Embestidas brutales, piel contra piel amortiguada, pero el plaf plaf ecoaba leve. Miraba en los espejos: mi cara de puta en éxtasis, tetas botando, su polla entrando y saliendo, brillando de mis jugos. Afuera, pasos, comentarios de clientas. ‘¡Más fuerte, pero shhh!’, gemí mordiéndome el brazo. Me pellizcaba el clítoris hinchado, frotándolo mientras me taladraba. Sudor goteando, tela de la falda rozando mis muslos, perchas tintineando con cada embite.
No pude más. ‘Me corro, joder’, susurré, y exploté: coño contrayéndose, chorros calientes bajando por las piernas. Él aceleró, ‘Toma mi leche’, jadeó, y sentí los chorros espesos llenándome, goteando fuera. Sacó la polla, restregándola en mi culo, semen chorreando por mis nalgas. Respirando agitados, nos miramos en el espejo, sonrisas culpables.
Me limpié rápido con las bragas usadas, las metí en el bolsillo. Nos vestimos a toda prisa, crujidos de ropa nueva. Abrí el cortinón, salí con el vestido rojo en la mano, cara sonrojada. ‘¿Todo bien?’, preguntó la dependienta. ‘Sí, perfecto’, dije con voz normalita, mientras Javier pagaba disimulando el bulto. Salimos del centro comercial, su semen aún tibio dentro de mí, el secreto quemándonos. ¡Qué subidón, quiero repetir ya!