Ay, chicas, aún tengo el coño palpitando de lo que me pasó ayer en ese centro comercial. Estaba en la tienda de ropa íntima, buscando algo sexy para una noche loca. Un vendedor guapo, de unos cincuenta, con esa mirada experimentada, se acercó. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo con voz grave. Le sonreí, coqueta: ‘Sí, quiero probar cosas que me queden perfectas’. Me recomendó un vestido negro ceñido, lencería roja y un tanga diminuto. Sus manos rozaban las prendas al dármelas, y noté su erección leve bajo el pantalón.
Cogí todo y entré en la cabina grande, con espejos por todos lados. Colgué las perchas, el tintineo de los ganchos metálicos resonando. Afuera, voces de clientas charlando, pasos en el suelo. ‘¿Te ayudo con la cremallera?’, preguntó desde fuera. ‘Pasa’, susurré, el corazón acelerado. Corrió el visillo rojo, ese roce suave cerrando el mundo. Entró, alto, olor a colonia varonil mezclada con tela nueva. Me puse el vestido, giré: ‘¿Qué tal?’. Sus ojos devorándome en los espejos. ‘Estás para follarte aquí mismo’, murmuró, acercándose. Su aliento en mi cuello, manos en mi cintura. El espejo frío contra mi espalda cuando me apoyé. Nuestros labios chocaron, besos húmedos, lenguas enredadas. ‘Shhh, no hagamos ruido’, jadeé, oyendo risas fuera.
La elección de ropa y la tensión en la cabina
Sus dedos bajaron la cremallera, el vestido cayó como seda al suelo. Quedé en tanga y sujetador, pezones duros pinchando la tela nueva, áspera aún por el almidón. Me giró contra el espejo, mi aliento empañándolo. ‘Qué coño tan rico tienes’, gruñó, metiendo mano bajo el tanga. Estaba empapada, labios hinchados de puro morbo. Rasurado al láser, liso como la seda. Sus dedos gruesos abrieron mis labios mayores, jugosos y grandes, frotando el clítoris. ‘Joder, qué labios tan gordos, perfectos para chupar’. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Afuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Nos paramos, riendo nerviosos.
No aguanté más. Me arrodillé, el suelo duro bajo las rodillas, pero qué importaba. Bajé su cremallera, zip rápido, su polla saltó fuera: gruesa, venosa, cabezota morada goteando pre-semen. La olí, salada, masculina. La lamí de abajo arriba, lengua plana en el tronco. ‘Mmm, chúpamela toda’, susurró, mano en mi pelo. La engullí, garganta profunda, saliva chorreando. Él jadeaba contenido, puño en la boca. Me puse de pie, él me sentó en el banquito estrecho. ‘Abre las piernas, quiero tu coño’. Corrí el tanga a un lado, espejo reflejando mi chocho abierto, rosado y chorreante. Su lengua atacó: lamió el clítoris en círculos, succionó mis labios como si fueran caramelos. ‘Qué fontanita, joder, sales a chorros’. Introdujo dos dedos, curvados, frotando el punto G. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘¡Casi grito!’. Apreté sus hombros, uñas clavadas. Él metió la lengua en mi ano un segundo, yo exploté: squirteo leve salpicando el espejo, piernas temblando. ‘Me corro, no pares’.
El sexo brutal y el clímax contenido
Ahora yo. ‘Tu turno’. Me arrodillé de nuevo, polla tiesa palpitando. La mamé feroz, bolas en la mano, apretando. Él gruñó: ‘Me vengo’. Chorros calientes en mi garganta, tragué todo, salado y espeso. Limpieza con lengua, besos en la punta. Sudados, jadeantes, nos miramos en los espejos: yo con tanga corrida, labios rojos; él con polla menguando.
‘Vístete rápido’, dijo riendo. Me puse el vestido, tanga empapada pegada al coño sensible. Salimos, visillo aparte con disimulo. En caja, él atendiendo: ‘¿Todo bien?’. Sonrisa pícara: ‘Perfecto, me llevo todo’. Pagué, piernas flojas, coño latiendo bajo la falda. Afuera, clientas ajenas, pero yo con su semen en la boca aún, secreto ardiendo. Mañana vuelvo, ¿será él?