¡Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Fue el sábado pasado, mi marido y yo en ese centro comercial enorme cerca de Madrid. Llevábamos semanas sin follar como animales, él siempre tan correcto, yo deseando algo loco. Entramos en una tienda de ropa sexy, de esas con vestidos ajustados que marcan el coño. Elegí un par de ellos, uno rojo fuego que me hace el culo redondo, y otro negro con escote hasta el ombligo. ‘Pruébatelos’, me dice él con esa mirada hambrienta. Cogí las perchas, el tintineo de las cintres contra el metal, ese olor a tela nueva, fresco y sintético que me pone cachonda.
Nos miramos, y sin decir nada, nos colamos juntos en la cabina grande, la de parejas. El rideau se cierra con un siseo suave, ras ras, y de golpe el mundo se reduce a nosotros. Tres espejos enormes, mi reflejo multiplicado, tetas apretadas contra la blusa. Afuera, voces de clientas, ‘¿te queda bien?’, risitas, pasos en el suelo de baldosas. Mi corazón late fuerte, bum bum. Él se pega a mi espalda, sus manos ya en mis caderas. ‘Shhh’, susurra, pero su aliento caliente en mi cuello me hace gemir bajito. Me quito la blusa despacio, la tela suave rozando mis pezones duros. Él me besa el hombro, mordisquea, y su polla ya presiona contra mi culo a través del pantalón. ‘Estás mojada ya, ¿verdad?’, dice con voz ronca. Asiento, meto la mano atrás y la aprieto. El espejo frío contra mis tetas cuando me inclino un poco, brrr, escalofrío delicioso.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
No aguanto más. Me giro, le bajo la cremallera con dientes, zip, y saco esa polla gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Mmm, dame’, le digo, arrodillándome en el suelo sucio de la cabina, ese olor a pies y perfume mezclado. La chupo despacio al principio, lengua alrededor del glande, salado, su mano en mi pelo tirando suave. ‘Joder, nena…’, gime bajito. Afuera, la dependienta pasa, ‘¿Necesitáis ayuda?’. ‘No, todo bien’, respondo con la boca llena, voz ahogada. Él me levanta, me baja las bragas de un tirón, tela húmeda pegada al coño. Me pone de cara al espejo, manos en la pared, culo en pompa. Lubrica su polla con mi propia humedad, frota el capullo contra mis labios vaginales, resbaloso, caliente. ‘Fóllame ya, por favor’, suplico en susurro. Empuja de golpe, ¡ahhh!, entra hasta el fondo, mi coño se abre como una puta, chorreando.
El sexo intenso y el clímax en silencio
¡Dios, qué polvazo! Me taladra fuerte, plac plac contra mi culo, pero mordiéndome el labio para no gritar. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan pezones, duele rico. En el espejo veo todo: su cara de cerdo en celo, mi coño tragándosela entera, jugos bajando por mis muslos. Acelera, ¡zas zas!, el ritmo brutal, mis rodillas tiemblan. ‘Cállate, salope, o nos pillan’, me dice al oído, pero él gruñe como bestia. Meto dedos en mi clítoris, frotando furiosa, el placer sube, ¡voy a correrme! Él me tapa la boca con la mano, sudada, y me da las últimas embestidas salvajes. Siento su polla hincharse, ¡toma!, chorros calientes llenándome el coño, y yo exploto, espasmos, piernas flojas, mordiendo su palma para no chillar. Afuera, voces normales, nadie sospecha.
Jadeamos, sudados, pegajosos. Se sale despacio, plop, semen goteando por mi pierna. Me limpio rápido con las bragas, las meto en el bolso. Me visto temblando, el vestido rojo ahora con olor a sexo. ‘Cómpralo’, me dice guiñando. Salimos, sonrisas inocentes, yo cojeando un poco, coño palpitante lleno de su leche. En caja, la dependienta nos mira raro, ‘¿Todo bien?’. ‘Perfecto’, digo ruborizada, pagamos y salimos al pasillo lleno de gente. Ese secreto ardiendo bajo la ropa, su mano en mi culo disimulando, me hace querer más. Ahora cada vez que voy de compras, me mojo pensando en repetir. ¡Qué vicio!