¡Ay, chicas, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas! Fui a esa tienda de ropa en el centro, de esas con cabinas grandes y espejos por todos lados. Estaba cachonda ese día, con el sol pegando fuerte y yo queriendo algo sexy para ponerme. Elegí un vestido negro ajustado, ceñido al culo, y unas braguitas de encaje que rozaban justo donde dolía de ganas. ‘¿Me ayudas con la talla?’, le dije al vendedor, un tío alto, moreno, con barba de tres días y ojos que te desnudan. Se llamaba Marco, creo. Sonrió pícaro, ‘Claro, guapa, te echo una mano’. Cogió las perchas, tintineo de los ganchos metálicos contra el metal del perchero, ese ruido que me pone ya nerviosa.
Entramos en la cabina, la más grande al fondo. Deslicé el rideau rojo, ras ras del tejido, y se cerró con un clic suave. Afuera, voces de clientas charlando, risas, pasos en el suelo de madera. El espejo enfrente nos reflejaba a los dos, yo pequeñita con mi piel morena y tetas firmes, él imponente detrás. ‘Pruébate esto’, murmuró, colgando la ropa. Me quité la camiseta, el aire fresco me erizó los pezones. Él no apartaba la vista. ‘¿Te queda bien?’, preguntó, acercándose. Su aliento caliente en mi cuello. Hice como que ajustaba el vestido, pero mi mano rozó su paquete. Duro ya. ‘Joder… ¿estás…?’, susurré. ‘Shh, no hagas ruido’, dijo él, con voz ronca, mano en mi cintura. El corazón me latía fuerte, el espejo multiplicaba su mano bajando por mi espalda, el frío del cristal cuando me apoyé. Oíamos a una señora pidiendo tallas fuera. Frisson total.
Elige la ropa y entra en la cabina: la tensión sube
No aguantamos. Me giró, boca contra boca, lenguas enredadas, sabor a menta y deseo. ‘Quiero follarte aquí’, gruñó bajito. Le bajé el pantalón, zip rápido, su polla saltó fuera, gorda, venosa, palpitando. ‘¡Dios, qué polla más grande!’, jadeé, acariciándola, piel suave y caliente. Me arrodillé, el suelo duro contra las rodillas, olor a ropa nueva y su sudor. La chupé despacio, labios estirados, saliva chorreando. ‘Mmm, así, cabrona’, susurró, mano en mi pelo. Afuera, pasos cercanos, ‘¿Dónde está la 38?’. Yo succionando más fuerte, huevos en la mano, pesada y llena. Se la metí hasta la garganta, tosiendo suave para no armar jaleo.
El polvo brutal y silencioso: pasión descontrolada
Me levantó, vestido subido a la cintura, braguita a un lado. ‘No la coño, métemela por el culo’, le pedí, loca de calor. Saliva en los dedos, me escupió en el ojete, frío y húmedo. Glande presionando, ‘Relájate, puta’, dijo. Dolor agudo al entrar, pero rico, estirándome. ‘¡Ay… despacio!’, gemí bajito, mordiéndome el labio. Me follaba lento primero, pak pak suave contra mi culo, espejos mostrando todo: mi cara de placer, tetas botando, su polla desapareciendo en mí. Aceleró, mano en mi clítoris, frotando fuerte. ‘Córrete, zorra’, mandó. Yo ahogando gemidos en su cuello, cuerpo temblando, coño chorreando sin tocarlo. Él gruñó, ‘Me vengo…’, y sentí el chorro caliente llenándome el culo, semen goteando.
Orgasmos dobles, piernas flojas. Nos quedamos jadeando, sudor pegajoso. ‘Joder, ha sido brutal’, susurró limpiándome con pañuelos. Me puse la ropa rápido, semen resbalando aún, braguita empapada. Abrí el rideau, cara de póker. ‘Me llevo el vestido’, dije al cajero, voz temblorosa. Él pagó disimulado, guiño. Salí del magasin con el paquete, piernas pegajosas, sonrisas de clientas ajenas. Secretito quemándome bajo la falda, coño palpitando. Aún huelo su polla. ¿Repetimos?