Mi polvo salvaje en la cabina de probadores con un desconocido

Dios, acabo de volver de esa tienda y aún me tiemblan las piernas. Estaba cachonda perdida esa tarde. Elegí un tanga rojo diminuto, un sujetador push-up negro y una falda cortísima que apenas cubría el culo. Elige bien, me dije, para excitarme más. La dependienta me miró con una sonrisa pícara, como si supiera. Cogí todo y me metí en la cabina del fondo, esa grande con tres espejos enormes. El rideau se cerró con un siseo suave, ras… y ya estaba sola. O casi.

El corazón me latía fuerte. Afuera, voces de clientes: una mujer probándose zapatos, riendo con su amiga. ‘¿Te queda bien?’, decían. Yo me quité la blusa despacio, sintiendo el aire fresco en los pezones. Tintineo de perchas al colgar mi ropa. El tanga nuevo era sedoso, suave como piel, rozándome el coño ya húmedo. Me miré en el espejo: tetas firmes, culo redondo. Empecé a tocarme por encima. Mou, caliente. El espejo frío contra mi espalda me erizó la piel. Pensé en follar ahí, con el riesgo de que me oyeran gimiendo bajito.

Entrando en la cabina, la tensión sube

De repente, un toque en el rideau. ‘¿Señorita, necesita ayuda?’, una voz masculina, ronquilla. Miré por la rendija: un vendedor gordito, calvo, bigotillo fino, unos 45 años, cara redonda sudada. Parecía inofensivo, pero sus ojos brillaban. ‘Entra’, susurré sin pensar, abriendo un poco. Dudó, pero entró rápido, cerrando el rideau. Olía a colonia barata y sudor. ‘Shhh, no hagas ruido’, le dije, mordiéndome el labio.

Se desabrochó el pantalón en segundos. ¡Joder! Sacó una polla gorda, venosa, enorme, con el capullo morado brillando de pre-semen. No me lo creía, en ese cuerpo fofo. ‘Tócame’, murmuró, y yo, ya perdida, la agarré. Caliente, palpitante, mi mano no la rodeaba entera. Empecé a pajearlo lento, el clac-clac húmedo ahogado por mi otra mano en la boca. Él gemía bajito, ‘¡Ay, qué rica mano!’. Me puse de rodillas, el suelo duro, perchas tintineando levemente. La chupé: salada, gruesa, me llenaba la boca. ‘Cuidado con el ruido’, jadeé, lamiendo el tronco mientras me tocaba el coño empapado.

El polvo brutal y el clímax silencioso

No aguantamos. Me levantó contra el espejo, falda arremangada, tanga a un lado. Me la metió de un empujón, ¡uf!, estirándome el coño hasta el fondo. Dolor-placer brutal. Follando duro pero silencioso, mordiéndonos los labios. ‘¡Quieta, que nos oyen!’, susurró, pero embestía como loco. Mis tetas rebotando en el espejo, su panza contra mí, sudor goteando. El coño chorreaba, clac-clac contra mi muslo. ‘Me corro’, gruñó él, y sacó, pajéandose furioso. Chorros calientes en mi barriga, espesos, pegajosos. Yo me froté el clítoris rápido, ¡ah!, orgasmo mudo, piernas temblando, mirando nuestros reflejos sudados.

Se limpió con un pañuelo del bolsillo, polla aún semi-dura. ‘Gracias, guapa’, dijo con sonrisa culpable, saliendo primero. Yo esperé, limpiándome como pude con el tanga. El semen resbalaba por mi piel, caliente bajo la falda. Salí sonriendo, ropa en mano. En caja, la dependienta: ‘¿Todo bien?’. ‘Perfecto’, dije, pagando con el coño palpitando aún. Afuera, piernas flojas, secreto ardiendo. Quiero volver ya.

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