Follada salvaje en la cabina de probadores con el vendedor

Estaba en ese centro comercial abarrotado, el calor de agosto me tenía sudando bajo el vestido ligero. Entré en la tienda de lencería, olía a tela nueva y perfume barato. Elegí un tanga rojo diminuto, un sujetador push-up negro y un body transparente que gritaba ‘fóllame’. Las perchas tintineaban al sacarlas, ese ruido metálico que me ponía nerviosa de excitación. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo el vendedor, un tío de unos treinta, moreno, con sonrisa pícara y ojos que me desnudaban ya. ‘Sí, ¿puedes ver si me queda bien?’, le solté, abierta como soy, adorando el morbo público.

Cogí todo y me metí en la cabina grande, la última del pasillo. El espejo triple reflejaba mi culo redondo, pechos firmes. Cerré el visillo rojo, pero no del todo, dejando una rendija. El corazón me latía fuerte, voces de clientas fuera charlando de tallas. ‘¿Todo bien?’, susurró él acercándose. ‘Pasa, ayúdame con el body’, le pedí bajito. Entró, su cuerpo grande invadiendo el espacio chiquito. El visillo rozó su hombro. Olía a colonia masculina, su polla ya medio dura marcando los pantalones. Me quité el vestido, quedé en bragas. ‘Joder, qué cuerpo’, murmuró tocándome la cadera. El espejo frío contra mi espalda me erizó la piel. Sus manos subieron, ajustando el sujetador, rozando pezones duros. ‘Shh, nos oyen’, dije jadeando, pero abrí las piernas. Fuera, una voz: ‘¿Dónde está el probador libre?’. Tension sexual pura, mi coño ya mojado.

La elección y la tensión en la cabina

No aguantamos. ‘Quiero verte la polla’, le susurré urgente. Se bajó la cremallera, sacó una verga gorda, venosa, cabezón brillante. ‘Chúpamela’, gruñó bajito. Me arrodillé, el suelo duro contra rodillas, lamí el prepucio salado, tragué hasta la garganta. Tosí suave, él tapó mi boca. ‘Cuidado, puta’, dijo excitado. Me levantó, me empotró contra el espejo. Frio en tetas, su aliento en cuello. ‘Fóllame ya’, supliqué mordiéndome labio. Me bajó el tanga, metió dos dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, zorra’. Empujó la polla de un golpe, llena hasta el fondo. Gemí ahogado, él tapándome boca. Follando duro, salvaje, pero silencioso. Pla pla suave contra mi culo en el espejo. Vi su cara de placer reflejada, mis tetas botando. ‘Más adentro, joder’, susurré. Cambió, me abrió nalgas, escupió en mi ano. ‘¿Anal? Sí, rómpeme el culo’. Entró lento, ardor delicioso, me llenó el ojete apretado. Bombeaba bestia, yo mordía mi mano pa no gritar. Fuera, pasos, risas. Mi clítoris frotando su saco peludo. ‘Me corro’, jadeó, sacó y eyaculó chorros calientes en mi espalda, espejo chorreando. Yo me toqué, squirté en el suelo, piernas temblando.

‘Vístete rápido’, murmuró limpiándome con pañuelo. Salí primero, cara roja, coño palpitando, semen goteando interno. Él detrás, casual. ‘¿Te lo llevas?’, preguntó en caja, voz normal. ‘Sí, todo’, pagué temblando, clientas mirando sin saber. Salí al pasillo, piernas flojas, secreto ardiendo bajo ropa. Adoro ese riesgo, ser oída, espejos testigos. Aún huelo su corrida.

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