¡Dios, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas! Fui al centro comercial a comprar algo sexy, después de romper con mi novio. Elegí un vestido rojo ajustado, unos tangas de encaje y una falda corta. El tejido nuevo olía a limpio, suave como seda contra mis dedos. Estaba en la tienda, rodeada de gente charlando, niños corriendo. De repente, lo vi: mi vecino del edificio, ese chico tímido de unos treinta, con esa mirada que siempre me ponía nerviosa en el ascensor. Pelo oscuro, cuerpo atlético bajo la camisa. Nuestras miradas se cruzaron. ‘¿Todo bien?’, me dijo, acercándose. Sonreí, coqueta. ‘Sí, pero necesito ayuda con los tallajes’. Hablamos un rato, riendo bajito. ‘¿Quieres que te ayude a probártelo?’, murmuró, rojo como un tomate. El corazón me latía fuerte. ‘Vale, entra conmigo’. Entramos en la cabina grande, la más apartada. Corrí el visillo, ¡zas!, el roce del metal. Dentro, espejo por todos lados, luz fría. Empecé a quitarme la blusa, despacio. Él tragaba saliva, ojos fijos en mis tetas pesadas, blancas como leche, saliendo del sujetador. ‘Eres… increíble’, susurró. Me acerqué, mi piel erizada por el aire acondicionado. Nuestros cuerpos casi tocándose. Oí voces fuera, una mujer preguntando por tallas. La tensión subía, mi coño ya húmedo.
No aguanté más. Lo empujé contra el espejo, frío contra su espalda. Le besé la boca, lengua dentro, salvaje. Él gimió bajito, manos en mis tetas, amasándolas fuerte. ‘Shhh, no hagas ruido’, le dije al oído, mordiéndole el lóbulo. Saqué su polla del pantalón, ¡joder, gruesa, venosa, tiesa como piedra! La apreté, masturbándola lento. Él jadeaba, controlándose. Me puse de rodillas, el suelo duro. Lamí el glande, salado, pre-semen goteando. ‘Chúpamela’, susurró ronco. La metí en la boca, succionando, saliva chorreando. Miraba arriba, sus ojos enloquecidos en el espejo. Fuera, pasos, risas. Aceleré, garganta profunda, ¡glug glug! pero ahogado. Me levantó, me giró. Bajó mis bragas, dedo en mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, gruñó. Me penetró de golpe, polla hundiéndose hasta el fondo. ¡Ahhh! Mordí mi puño para no gritar. Follando duro, espejo temblando leve. Mis tetas botando, rozando el cristal helado. Él me tapaba la boca, embistiéndome como animal. Cambiamos: yo contra el espejo, él detrás, pellizcando pezones violetas. ‘Córrete dentro’, le supliqué susurrando. Sudor goteando, olor a sexo mezclado con perfume de tienda. Clavos contra la pared, ¡clic clic! de perchas. Me corrí primero, coño contrayéndose, jugos bajando piernas. Él explotó, leche caliente llenándome, chorros potentes. Gemí en su mano, temblando.
La elección de la ropa y la entrada en la cabina
Salimos como si nada. Yo con el vestido puesto, pero debajo… su corrida resbalando por mis muslos, caliente aún. Él rojo, ajustándose el pantalón. Pagamos por separado en caja, yo compré el tanga, sonriendo al cajero que no sospechaba nada. Caminamos por el pasillo, piernas flojas, secreto ardiendo bajo la falda. Oí mi corazón latiendo, su mirada cómplice. En el ascensor del parking, casi nos besamos otra vez. ¡Qué subidón, joder! Aún siento su polla dentro, el riesgo de ser pillados. Quiero más.