Era lunes por la mañana, salí de la cama con el cuerpo aún pesado, el corazón revuelto por una ruptura fresca. La ciudad envuelta en una niebla espesa, como si el mundo estuviera en pausa. Caminé hasta esa tienda de ropa que siempre paso, buscando distraerme. Elegí un vestido ajustado, negro, de esos que marcan las curvas, y unos tangas diminutos. El olor a tela nueva me invadió, suave, limpio. Las perchas tintineaban al rozarlas, un sonido metálico que aceleraba mi pulso.
Entré en la tienda casi vacía. Voces lejanas de clientas charlando fuera, risas ahogadas. El vendedor, un tipo alto, moreno, con ojos penetrantes, se acercó. Se llamaba Bruno, lo oí al teléfono. ‘¿Necesitas ayuda?’, murmuró con voz grave. Le sonreí, coqueta. ‘Sí, quiero probármelo’. Me llevó a la cabina del fondo, la más apartada. El rideau se cerró con un susurro áspero. Ahí estábamos, solos, el espejo grande enfrente reflejando nuestros cuerpos. Mi piel erizada por el frío del cristal. Él dudó un segundo, ‘¿Te queda bien?’, pero sus manos ya rozaban mi cintura. El corazón me latía en la garganta, voces de clientas justo al lado, ‘¿Viste ese bolso?’. La tensión subía, su aliento caliente en mi cuello.
La elección de la ropa y la tensión en la cabina
No aguanté más. Lo atraje, besos urgentes, lenguas enredadas. ‘Shh, no hagas ruido’, susurré, pero mi coño ya chorreaba. Me bajó las bragas de un tirón, la tela húmeda pegada a mi piel. Su polla dura presionaba contra mí, gruesa, palpitante. La saqué del pantalón, venosa, caliente. ‘Joder, qué grande’, gemí bajito. Me giró contra el espejo, mi aliento empañándolo, el frío del vidrio en mis tetas desnudas. Me abrió las piernas, introdujo dos dedos en mi coño empapado, chapoteando suave. ‘Estás tan mojada’, gruñó en mi oreja. Luego, embestida brutal: su polla entró de golpe, llenándome hasta el fondo. Follando fuerte, pero contenido, plac plac de carne contra carne, ahogado por la música de la tienda.
El clímax brutal y el escape con el secreto
Los espejos multiplicaban todo: yo de rodillas ahora, chupando su verga, saliva goteando, bolas en mi mano. ‘Mmm, trágatela toda’, jadeó él, sujetándome el pelo. Vuelta a follar de pie, mi clítoris rozando su pubis, orgasmos en cadena. Me corrí primero, mordiéndome el labio hasta sangrar, coño contrayéndose alrededor de su polla. Él no paraba, embestidas profundas, ‘Me vengo dentro’, avisó. Calor explosivo, semen llenándome, goteando por mis muslos. Sudor pegajoso, respiraciones entrecortadas. Voces fuera: ‘¿Dónde está el probador libre?’. El rideau temblaba con cada empujón final.
Salí primero, piernas flojas, el vestido puesto pero sin bragas, su corrida resbalando dentro de mí, secreto ardiente bajo la tela. Él salió después, fingiendo normalidad. ‘¿Te lo llevas?’, preguntó en caja, guiñándome. Pagué rápido, sonrojada, el corazón a mil. Caminé por el pasillo del centro comercial, clientas ajenas pasando, mi coño aún palpitando, olor a sexo mezclado con perfume nuevo. Ese frisson de ser descubierta, los espejos grabados en mi mente. No sé si fue real o un universo paralelo, pero lo repetiría ya mismo. Joder, qué vicio.