Me follé al novio de mi hija en la cabina de probadores

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el sábado pasado, en esa tienda grande del centro comercial. Mi hija Ana quería probarse unos vestidos sexys para una fiesta, y su novio Luis, ese morenazo de 25 años, vino con nosotras. Yo, María, 52 primaveras pero con ganas de todo, les seguí el rollo. Elegimos unos modelitos ajustados, encajes que marcan el culo, faldas cortas que dejan ver el tanga. Luis me miró de reojo mientras colgaba las perchas, el tintineo de los ganchos metalicos resonando en el probador.

Ana se probó el primero, salió girando, pero dijo que necesitaba ayuda con la cremallera. ‘Mamá, ¿me echas una mano?’, me dijo. Pero Luis se ofreció rápido. Yo vi la chispa en sus ojos. ‘Venga, entramos los tres, que es una cabina grande’, solté yo, con el corazón ya latiéndome fuerte. Ana dudó un segundo, ‘Bueno, pero rápido’. Cerramos el rideau grueso, ese ruido rasposo del tejido al deslizarse. Dentro, olía a ropa nueva, ese aroma fresco de algodón y poliéster. El espejo enorme nos reflejaba a los tres, mi culo redondo en unos vaqueros ajustados, los pechos de Ana asomando, y Luis… uf, el bulto en sus pantalones ya se notaba.

Elegimos la ropa y entramos en la cabina

La tensión subió como un cohete. Ana se metió en el vestido, pero yo me acerqué a Luis fingiendo ajustar una percha. ‘¿Te gusta cómo me queda esto?’, le susurré al oído, rozándole el brazo. Él tragó saliva, ‘Sí, María, estás… increíble’. Ana salió un momento a ver otro vestido afuera, hablando con la dependienta. El rideau se movió apenas, voces de clientes al fondo, risas de niños. Ahí, solos un instante, su mano rozó mi cadera. ‘Shhh’, le dije, pero ya sentía su polla dura contra mi muslo. El espejo frío tocó mi espalda cuando me giré, y nos miramos, hambrientos.

No aguantamos. Ana tardaba, y el morbo de oír las voces fuera nos volvió locos. Le bajé la cremallera del pantalón despacio, el zipper zumbando bajito. Saqué su polla tiesa, gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Joder, Luis, qué pedazo de verga’, murmuré, acariciándola con la mano, sintiendo el calor palpitante. Él me besó el cuello, manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros bajo la blusa. Me subí la falda, el tanga empapado. ‘Fóllame ya, pero calladitos, que nos oyen’, jadeé. Me puse de rodillas en el suelo duro, alfombrilla fina raspando las rodillas, y me la metí en la boca. Chupé fuerte, lengua alrededor del glande, saboreando su salado. Él gemía bajito, ‘María… tu boca… uf’. El espejo multiplicaba la escena: yo mamando como una puta, él con la cabeza echada atrás.

El polvo brutal y la salida con el secreto

Me levantó, me giró contra el espejo. Frio en las tetas desnudas, pezones rozando el cristal. Me bajó el tanga hasta los tobillos, el olor a coño mojado llenando la cabina. ‘Métemela, cabrón, rómpeme el coño’, le supliqué en voz baja. Empujó de un golpe, su polla abriéndome entera, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito mordiéndome el labio. Empezó a bombear, fuerte, salvaje, pero controlando los golpes para no golpear la pared. Plaf, plaf, suave pero profundo. Mi coño chorreaba, jugos bajando por las piernas, olor a sexo crudo. Veía todo en el espejo: su polla entrando y saliendo, mis labios hinchados tragándosela, tetas botando. ‘Más rápido, joder, me corro’, siseé. Él me tapó la boca con la mano, follándome como un animal. Oíamos a Ana fuera, ‘¿Qué tal este?’, hablando con la dependienta. El riesgo nos hacía arder. Se corrió primero, leche caliente llenándome el coño, chorros potentes. Yo exploté detrás, piernas temblando, mordiendo su mano para no gritar.

No paramos. Me puso a cuatro patas, suelo sucio de polvo y etiquetas. Me la clavó por detrás, agarrándome las caderas, nalgadas suaves. ‘Tu coño es mejor que el de Ana, más apretado’, gruñó bajito. Folló sin piedad, bolas golpeando mi clítoris. Otro orgasmo me sacudió, coño contrayéndose alrededor de su polla. Él eyaculó otra vez, más leche desbordando, chorreando al suelo. Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. El rideau se abrió, Ana entró, ‘¡Ya estáis! ¿Qué hacíais?’. ‘Nada, ajustando’, dije con la cara roja, semen resbalando por el muslo bajo la falda.

Salimos como si nada. En caja, pagué yo el vestido de Ana, sonriendo a la cajera mientras sentía su corrida dentro, caliente y pegajosa. Luis me guiñó el ojo, Ana ajena. Caminamos por el pasillo del centro comercial, voces por todos lados, mi coño palpitando aún. Ese secreto quemándome bajo la ropa… uf, quiero repetir ya.

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