¡Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo! Soy María, 35 años, de Madrid, y os juro que esto me pasó hace dos semanas en un Zara del centro. Estaba sola, comprando unos vestidos ajustados para una cena. Elegí un rojo fuego, ceñido al cuerpo, y otro negro con escote profundo. De repente, veo a este tío… alto, 50 y pico, traje impecable, pelo canoso, ojos azules que te desnudan. Me pilló mirándolo y sonrió. ‘¿Necesitas ayuda?’, dice con voz grave. Era el vendedor, Roberto, me dijo. Le pedí que me diera su opinión. ‘Pruébatelos, yo te digo’, respondió pícaro.
Cogí los vestidos, entramos en la cabina grande del fondo. El corazón me latía fuerte. Cerró el rideau con un susurro: ‘Shhh, no hagamos ruido’. El tintineo de las perchas al colgarlas, el olor a ropa nueva, ese plástico fresco que te eriza la piel. Me quité la blusa, quedé en sujetador push-up. Él no apartaba la vista del espejo. ‘Estás buenísima’, murmuró. Nuestras miradas se cruzaron en el reflejo. El espejo frío contra mi espalda cuando me giré. Afuera, voces de clientas: ‘¿Te queda bien ese?’, risitas. Tension sexual pura. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Pruébate el rojo’, dijo, pero su mano rozó mi cadera. Empecé a desabrocharme el pantalón, bajándolo despacio. Mis bragas ya húmedas. Él tragó saliva. ‘Joder, qué coño tan rico’, susurró. El rideau fino, cualquiera podía oírnos.
La elección y la entrada en la cabina
No aguantamos más. Me puse el vestido rojo a medias, subido hasta la cintura. Me besó el cuello, mordisqueando. ‘Quieta, amor, o nos pillan’, jadeó. Sus manos bajaron mis bragas, las dejó en el suelo con un ruido suave. Dedos en mi coño, ya chorreando. ‘Estás empapada’, gruñó bajito. Yo gemí suave, mordiéndome el labio. Afuera, pasos, una voz: ‘¿Hay alguien ahí?’. Nos paramos, riendo nerviosos. Luego, él se bajó la cremallera. Su polla salió dura, gorda, venosa, apuntando al techo. ‘Chúpamela, pero sin ruido’, ordenó. Me arrodillé, el suelo frío. La metí en la boca, lengua alrededor del glande, salado. Él se agarraba al gancho, respirando hondo. ‘Joder, qué boca…’. La chupé profunda, saliva goteando, pero controlando los ruidos.
El clímax discreto y la salida ardiente
Me levantó, me dio la vuelta contra el espejo. Mi cara reflejada, ojos vidriosos. ‘Métemela ya’, supliqué en susurro. Escupió en su mano, lubricó mi coño y… ¡zas! Entró de golpe, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito contra su mano. Follando fuerte pero silencioso, culazos controlados. Plaf, plaf suave contra mis nalgas. Su polla rozando mi punto G, yo empapándolo todo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeó en mi oreja. Cambiamos: yo contra la pared, pierna arriba, él embistiendo. Dedo en mi culo, girando. ‘¿Te gusta por detrás?’, preguntó. ‘Sí, pero calla…’. Orgasmo mío primero: temblé, coño contrayéndose, jugos bajando por muslos. Él no paró, me folló más duro. ‘Me corro dentro’, avisó. Caliente, espeso, llenándome. Gemí bajito, mordiendo su hombro.
Quedamos jadeando, sudados. Ropa tirada, olor a sexo impregnando la cabina. Se limpió con mi braga, me la devolvió con una guiñada. ‘Vístete rápido’. Me puse el vestido negro, manchado de semen entrepierna. Secretos goteando. Abrí el rideau, cara roja, pelo revuelto. Él salió después, profesional: ‘¿Qué tal las prendas?’. Compré las dos, caja temblando. La cajera sonrió: ‘Se le ve contenta’. Caminé al coche, coño palpitando, semen resbalando. Llamé a mi novio: ‘Cariño, tengo una sorpresa coquine para esta noche’. ¡El frisson público es adictivo! 620 palabras, puro fuego.