Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado en un Zara grande de Barcelona, abarrotado de gente. Yo, con ganas de comprarme algo sexy para mi novio, cojo unos vestidos ceñidos, negros, con escotes que dejan poco a la imaginación. La lencería nueva cruje en mis manos, esa textura suave, casi como piel. Paso por delante de las cajas, oigo voces de clientas charlando, risas lejanas. Entro en la cabina grande, la del fondo, con tres espejos que reflejan todo. Cierro el rideau con un susurro metálico, el corazón ya latiéndome fuerte.
Me quito el top rápido, miro mi reflejo: tetas firmes, pezones duros por el aire fresco del probador. Pruebo el primer vestido, se pega a mis curvas, pero el cierre trasero no llega. Joder, ¿quién me ayuda? Toco el rideau y susurro: ‘¿Hola? ¿Alguien libre?’. Se abre un poco, y entra él. Un tío de unos 35, moreno, alto, con esa camiseta ajustada que marca paquete. Cliente como yo, pero con ojos de lobo. ‘Te ayudo con eso’, dice bajito, voz ronca. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. Cierro el rideau de nuevo, clic, y el mundo exterior se apaga. Pero oímos todo: pasos, voces de dependientas, un niño llorando fuera.
Entrando en la cabina: la tensión sube
Se acerca por detrás, sus manos en mi espalda, frías al principio. ‘Qué cuerpo más rico’, murmura, y su aliento me eriza la piel. Siento su polla ya dura contra mi culo, a través del pantalón. Me giro un poco, ‘Shh, no hagas ruido’, le digo, pero yo ya estoy mojada, el tanga empapado rozando mi coño. Nos miramos en los tres espejos, multiplicados, excitante de cojones. Él me besa el cuello, yo jadeo suave, mordiéndome el labio. Sus dedos bajan el vestido, exponen mis tetas. Las aprieta, pellizca pezones. ‘Joder, qué tetazas’, susurra. Yo le bajo la cremallera, saco esa verga gorda, venosa, 18 cm fácil, lisa, sin pelos. La agarro, palpito en mi mano, pre-semen goteando.
No aguanto, me arrodillo en el suelo frío, alfombra áspera. La meto en la boca, chupando despacio al principio, lengua en el glande. Él gime bajito, ‘Cuidado, puta, nos oyen’. Pero empuja caderas, folla mi boca suave. Oigo un ‘¿Todo bien ahí?’ de una dependienta fuera. ‘Sí, perfecto’, respondo yo con la polla en la garganta, voz ahogada. Él me levanta, me gira contra el espejo. Frio del cristal en mis tetas, mi cara reflejada, excitada, ojos vidriosos. Baja mi tanga, mete dos dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, zorra’. Los remueve, me dobla, lame mi ano mientras me masturba. ‘Qué culito más rico’, dice, lengua caliente entrando un poco. Yo susurro: ‘Métemela ya, pero calladitos’.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Se pone condón rápido, crujido del paquete. Posiciona la punta en mi coño, empuja de una. ‘Ahh…’, gimo contra el espejo, vapor de mi aliento empañándolo. Me folla fuerte pero controlado, plac-plac suave contra mi culo. Veo todo en los espejos: su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, tetas botando. Cambiamos, me sube una pierna al banco, penetra más hondo. ‘Más, joder, pero shh’, le ruego. Sus dedos en mi clítoris, yo me corro primero, mordiendo su hombro para no gritar, jugos bajando por mis muslos. Él acelera, ‘Me corro, puta’. Sale, quita condón, me arrodillo y trago su leche espesa, chorros calientes en mi boca, goteando barbilla. Nos miramos, sudados, jadeantes.
Nos vestimos a prisa, ropas revueltas, olor a sexo impregnado. Él sale primero, casual. Yo espero, me limpio con el tanga, coño palpitando, semen en la garganta. Salgo, pelo desordenado, sonrisa tonta. Voy a caja, pago los vestidos oliendo a él, dependienta me mira raro pero no dice nada. Fuera, piernas flojas, secreto ardiendo bajo la falda. Aún siento su polla. ¿Repetimos? Ay, qué vicio.