Follada salvaje en la cabina de probadores con el vendedor

Estaba en esa tienda de ropa del centro comercial, un sábado por la tarde. El sitio estaba lleno, voces de gente por todos lados, risas, niños corriendo. Yo buscaba algo sexy, un vestido ajustado negro que me marcara las curvas. Cogí varios: uno corto con escote, otro con transparencias. El olor a tela nueva me ponía ya un poco cachonda, esa textura suave contra la piel.

El vendedor, un tío de unos treinta, moreno, con cuerpo de quien hace deporte, se acercó. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con sonrisa pícara. Se llamaba Marc, vi su placa. Le pedí que me trajera una talla más pequeña. Me miró el culo mientras iba. Uf, ya sentía el cosquilleo. ‘Pruébate estos en la cabina del fondo, más privacidad’, murmuró.

La elección y la entrada tensa

Entré, cerré el rideau. El espejo grande enfrente, frío al tocarlo con los dedos. Colgué los vestidos, tintineo de las perchas. Me quité la camiseta, el sujetador… tetas al aire, pezones duros por el aire acondicionado. Oía voces fuera, una mujer preguntando por tallas. Me probé el primero, me ceñía al coño, sin bragas debajo. La tela rozaba mi clítoris, ya húmeda.

De repente, el rideau se mueve. ‘¿Te queda bien?’, pregunta Marc, asomando la cabeza. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. ‘Pasa, ayúdame con la cremallera’, le digo, voz temblorosa. Entra, cierra. Espacio mínimo, su cuerpo pegado al mío. Huele a colonia masculina, a sudor leve. Sus manos en mi espalda, bajan la cremallera despacio. Siento su aliento en el cuello. ‘Joder, estás buenísima’, susurra. Mi corazón late fuerte, oímos pasos fuera.

No aguantamos. Me gira, me besa duro, lengua dentro. Sus manos aprietan mis tetas, pellizca pezones. Gimo bajito, ‘shhh, no hagas ruido’. Fuera, una voz: ‘¿Hay alguien en probadores?’. Me pone contra el espejo, frío en la espalda desnuda. Baja mi vestido, chupa un pezón mientras mete mano entre mis piernas. ‘Estás empapada, puta’, dice. Meto mano en su pantalón, polla dura como piedra, gruesa, venosa. La saco, la meneo.

El polvo brutal y el clímax

Me arrodillo, espacio justo, pero la chupo. Boca llena, saliva goteando. Él gime contenido, mano en mi pelo. ‘Para, o me corro’. Me levanta, me da la vuelta. Espejo por todos lados: veo mi cara de zorra, sus músculos tensos. Baja mis bragas, moja su polla en mi coño chorreante. ‘Te voy a follar aquí mismo’. Empuja, entra de golpe. ‘¡Ah!’, muerdo mi labio. Polla abriéndome, llenándome. Empieza a bombear, lento al principio, fuerte después.

Clavado en mí, una mano en mi boca para no gritar. Otras en mi clítoris, frotando. Veo en el espejo cómo mis tetas rebotan, su polla entrando y saliendo, mi coño tragándosela, jugos por los muslos. ‘Más rápido’, susurro. Acelera, plac plac bajito contra mi culo. Sudor goteando, perchas tintineando leve. Fuera, clientas charlando. El riesgo me pone a mil. Siento el orgasmo venir, piernas temblando. ‘Me corro…’, aprieto su polla con el coño. Él gruñe, ‘toma mi leche’. Chorros calientes dentro, llenándome.

Jadeamos, quietos. Saca la polla, semen goteando por mi pierna. Me limpio rápido con las bragas, las meto en el bolso. Vuelvo a vestirme, él sale primero. ‘Gracias por la ayuda’, digo normalita al pagar solo un vestido. Sonrío al cajero, piernas flojas, coño palpitando con su corrida dentro. Salgo al pasillo, gente por todos lados, mi secreto quemándome bajo la falda. Caminaba despacio, sintiendo cada paso el líquido resbalando. Uf, qué subidón. Quiero más.

Leave a Comment