¡Ay, madre mía, si lo cuento ahora mismo parece que acaba de pasar! Después de esa caminata loca por el bosque con Lola, mi nueva amante, llegamos al centro comercial medio desnudas, con el corazón latiendo fuerte. Nuestros coños aún pegajosos de jugos y tierra, las tetas rebotando bajo las camisetas finas. ‘Vamos a un Zara, a ponernos decentes’, me dijo ella, con esa sonrisa pícara. Elegimos unos vestidos cortos, ajustados, de esos que marcan el culo. El tintineo de las perchas metálicas me ponía nerviosa, el roce del tejido nuevo, suave como seda contra mi piel sudada. Voces de clientes por todos lados, risas de niños, el pitido de las cajas. Elegimos una cabina grande, al fondo, con espejo en tres paredes. ‘¿Entramos juntas?’, susurró Lola, rozándome la mano. Asentí, el pulso acelerado.
Cerramos el ridículo rideaucito rojo, que apenas tapaba. El clic del cierre sonó como un disparo en mi cabeza. Nos miramos en el espejo, nuestras caras sonrojadas, pezones duros marcándose. ‘Shhh, que nos oigan’, dije bajito, pero ya me estaba quitando la camiseta. El espejo estaba frío cuando me apoyé, erizándome la piel. Lola se pegó a mí por detrás, sus tetas gordas aplastándose contra mi espalda. ‘Mira cómo nos vemos, puta’, murmuró en mi oreja, mordisqueándola. Sus manos bajaron, desabrochándome el short improvisado. El aire acondicionado nos helaba los muslos abiertos. Oímos pasos fuera, una voz: ‘¿Te queda bien ese?’ Mi coño chorreaba ya, el olor a sexo subiendo.
La Entrada en la Cabina: Tensión que Quema
No aguantamos. La besé con lengua, salvaje, tragándonos la saliva. ‘Fóllame ya’, gemí contra su boca. Ella me empujó contra el espejo, el cristal gélido en mis tetas. Bajó de rodillas, el suelo duro crujiendo. ‘Abre las piernas, guarra’. Lamía mi coño despacio al principio, la lengua plana recorriendo los labios hinchados, chupando el clítoris como una golosa. ‘¡Joder, qué rica estás!’, susurró, metiendo dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra mi punto G. Yo mordía mi puño para no gritar, las rodillas temblando. El espejo reflejaba todo: su culo en pompa, mi cara de zorra en éxtasis. Cambiamos, yo la senté en el banquito estrecho, abrí sus muslos peludos. Su coño depilado brillaba, jugoso. Lo devoré, sorbiendo fuerte, metiendo la lengua hasta el fondo. ‘¡Ay, sí, chúpame el chocho!’, jadeó ella, tapándose la boca. Nuestros gemidos ahogados, como animales enjaulados. Me folló con los dedos mientras yo le lamía el ano, ese sabor terroso y salado. El orgasmo nos pilló juntas: ella primero, convulsionando, squirteando en mi cara; yo después, restregándome contra su muslo, el placer quemándome las entrañas. Sudor por todos lados, el espejo empañado con nuestras huellas.
Nos vestimos a toda prisa, riendo nerviosas. ‘Mierda, huele a puta aquí’, dijo Lola, oliendo sus dedos. Nos pusimos los vestidos nuevos, sin bragas, el semen y jugos goteando por los muslos. Salimos, caras inocentes, el ridículo ridículo mal cerrado. La dependienta nos miró raro, pero sonrió. ‘¿Qué tal os quedan?’. ‘Perfectos’, contestamos al unísono, conteniendo la risa. En caja, pagamos rápido, sintiendo el secreto ardiendo bajo la tela fina. Fuera, nos besamos contra la pared, el corazón aún desbocado. ‘Quiero más, cabrona’, le dije. Y así empezó todo de nuevo.