Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Fue el sábado pasado en ese centro comercial enorme, el de la gran tienda de ropa. Mi novio, Pablo, y yo andábamos comprando lencería sexy, ¿sabéis? Yo quería algo provocador, un tanga rojo que se me metiera bien entre las nalgas, y un sujetador que me levantara las tetas. Él no paraba de mirarme, con esa sonrisita de cabrón que pone cuando se empalma.
Cogí un par de vestidos ajustados también, cortitos, para probar. ‘Venga, entramos juntos’, me susurró al oído, rozándome la oreja con los labios. El corazón me dio un vuelco. La dependienta nos miró raro, pero sonrió y dijo ‘Adelante, la cabina es grande’. Joder, el clic del pestillo al entrar… no, era un cortinón grueso, se cerró con un roce suave, pero oíamos las voces de la gente fuera, risas, pasos. El aire olía a tela nueva, ese olor fresco y sintético.
La elección de la ropa y la entrada tensa
Dentro, espejos por todos lados. Me quité la camiseta rápido, el sujetador voló. Pablo se pegó a mí por detrás, sus manos en mis tetas, pellizcándome los pezones. ‘Shhh, calla, coño’, le dije mordiéndome el labio, pero ya estaba mojada. El espejo reflejaba mi culo contra su paquete duro, los pantalones le apretaban la polla. Cintres tintineando al colgar la ropa, el suelo frío bajo mis pies descalzos. Sus dedos bajaron, metiéndose en mis bragas, tocando mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, murmuró. Yo gemí bajito, tapándome la boca.
No aguantamos. Me giré, le bajé la cremallera de un tirón. Su polla saltó, gorda, venosa, ya con una gota en la punta. La agarré, la chupé profundo, slurp, slurp, saboreando ese gusto salado. Él me sujetaba la cabeza, follando mi boca despacio para no hacer ruido. ‘Joder, qué buena garganta’, jadeó. Oíamos a una clienta fuera: ‘¿Te queda bien ese?’ y nos miramos en el espejo, riendo con maldad. Me puse de pie, me arrimé al espejo frío contra mi espalda desnuda, tetas aplastadas. Él me levantó una pierna, restregando la polla en mi raja.
‘ Métemela ya, hostia’, le supliqué en un susurro ronco. Entró de un empujón, llenándome el coño hasta el fondo. Ay, el estirón, el calor. Follando fuerte pero silencioso, mordiéndonos los labios, respirando entrecortado. Sus embestidas me clavaban contra el cristal helado, mis pezones duros rozándolo. Veía todo multiplicado: mi cara de zorra, su culo flexionándose, la polla entrando y saliendo glot-glot, jugos bajando por mis muslos. ‘Cállate o nos pillan’, gruñó, tapándome la boca con la mano. Yo lamí sus dedos, arqueándome.
El polvo brutal y la salida con el secreto
Quería más. ‘Al culo, Pablo, fóllame el culo’, le pedí desesperada, escupiendo en mi mano para lubricar. Él sacó la polla chorreante de coño, la puso en mi ano apretado. Presionó, duele un poco, pero dios, qué placer. Entró centímetro a centímetro, yo mordiendo su hombro para no gritar. ‘Eres tan estrecha, joder’, jadeó. Embestidas lentas al principio, luego rápidas, su mano en mi clítoris frotando furioso. Oíamos pasos cerca, una voz: ‘¿Necesitas ayuda?’. ‘No, gracias’, contesté yo con voz temblorosa, mientras él me taladraba el ojete. Me corrí brutal, el cuerpo rígido, coño palpitando vacío, culo apretándolo. Él siguió, gruñendo bajito.
Sacó la polla, me giró y me hizo arrodillarme. ‘Abre la boca, trágatelo todo’. Se pajeó rápido, splat, splat, chorros calientes en mi lengua, en la cara. Tragué lo que pude, el resto goteando en mis tetas. Limpieza rápida con la lengua, besos babosos. Nos vestimos a toda prisa, yo con el tanga nuevo puesto, lleno de nuestros fluidos pegajosos.
Salimos, cara de póker. La dependienta: ‘¿Qué tal?’. ‘Perfecto, me lo llevo todo’, dije sonriendo, piernas flojas, coño y culo palpitando. Pagamos, salimos del magasin con el secretito ardiendo bajo la ropa. En el coche, nos reímos como locos. Aún huelo a sexo. ¿Repetimos pronto?