Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día en esa tienda de ropa. Estaba probándome unos vestidos ajustados, de esos que marcan todo el cuerpo. Elegí uno rojo fuego, con escote profundo, y otro negro, mini, que apenas me tapaba el culo. El vendedor, un tío de unos 60, con ese aire de madurito experimentado, barba canosa y ojos que te desnudan, me ayudó a llevarlos a la cabina. Se llamaba Bernardo, o algo así, con voz grave que me erizó la piel.
Entramos juntos, ‘para ayudarte con la cremallera’, dijo con una sonrisa pícara. El rideau se cierra con ese roce suave, y ya siento el corazón latiéndome fuerte. El espejo enorme enfrente, reflejando mi cuerpo por todos lados. Huele a ropa nueva, ese olor fresco que me excita. Cuelgo los vestidos, las perchas tintinean contra la barra metálica. Frío del espejo en mi espalda cuando me apoyo. Afuera, voces de clientas charlando, risas, pasos. ‘Shh, no hagamos ruido’, susurra él, acercándose demasiado.
La tensión sube en la cabina
Sus manos ya en mi cintura, bajando la cremallera de mi top. ‘Estás buenísima’, murmura, y me besa el cuello. Me mojo al instante. Le miro en el espejo, su polla ya dura presionando contra mi culo. Me quito la falda rápido, quedo en tanga y sujetador. Él se desabrocha el pantalón, saca esa verga gruesa, joder, ancha como un tronco, con el capullo hinchado. ‘Mira cómo te mira en los espejos’, dice, y me gira. Me arrodillo, el suelo frío bajo las rodillas. La cojo en la boca, chupando despacio, saliva goteando. ‘Joder, qué boca de puta’, gime bajito, agarrándome el pelo.
Pero no para ahí. Me pone de pie, contra el espejo. Mi coño ardiendo, empapado. Echa saliva en su mano, me frota el clítoris. ‘Estás chorreando, zorrita’. Dos dedos dentro, cabrón sabe cómo moverlos, girando, tocando el punto G. Gimo suave, mordiéndome el labio. Afuera, una voz: ‘¿Todo bien ahí?’. ‘Sí, perfecto’, respondo yo, voz temblorosa, mientras él me come el coño de pie, lengua plana lamiendo desde el ano hasta arriba. El espejo empañado por mi aliento. Me tiemblan las piernas.
El clímax prohibido y la salida ardiente
Me gira, culito al aire. ‘Abre las piernas’. Su polla roza mi entrada. Empuja despacio, joder, me llena entera. ‘¡Cuidado con el ruido!’, susurro, pero él embiste fuerte, controlado. Pla pla pla, golpes sordos contra mi culo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. ‘Tu coño aprieta como una virgen, puta’. Me folla profundo, yo me miro en el espejo: cara de placer, tetas botando, su verga entrando y saliendo, brillando de mis jugos. Cambio de posición, una pierna arriba en el banco, me penetra más hondo. ‘¡Me corro!’, jadeo bajito. Él acelera, ‘Toma, cabrona, agárrala’. Siento su leche caliente llenándome, chorros dentro, sin condón, el riesgo me vuelve loca.
Se aparta, polla goteando. Me limpia con un pañuelo de la tienda, riendo. ‘Vístete, preciosa’. Salimos, yo con las piernas flojas, el semen resbalando por mis muslos bajo la falda nueva. En caja, él cobra como si nada, guiño cómplice. ‘Gracias por la ayuda’, digo sonriendo. Afuera, el secreto quemándome la piel, coño palpitando aún. Quiero volver ya mismo.